Convertirme en Princesa Disney
- Ar Domínguez

- 17 may
- 3 Min. de lectura
Estaba yo pensando en que tengo muchas ganas de aprender a aplicar.
Soy un experto en teoría, en frases y palabras inspiradoras que llenan de voluntad la sangre. Pero ya no me sirven ni para decorar la nevera o las puertas correderas de mi nuevo ropero.
Las he llevado apuntadas en el fondo de pantalla del móvil, con la misma voluntad de quien sigue esa tendencia del “vision board”. Se supone que hay una suerte de magia en verla a diario mil veces, repetida en la pantalla, y que el mantra terminará cediendo a la realidad.
Algo así debe de funcionar en la práctica de la manifestación consciente, ¿no? ¿O he entendido mal el algoritmo?
No he llegado a esto todavía, porque mi relación con lo esotérico siempre ha sido más estética que práctica. Sí, soy lo suficientemente místico y espiritual como para tener los pies un poco elevados del suelo, aunque no precisamente descalzos y a ras de él —de eso va mi nueva serie de pinturas—. Igual que no soy escrupuloso, pero solo con mis allegados, de los que tengo constatada una higiene impecable. Es decir: siempre con un filtro protector, unos milímetros que me protegen del abismo.
Volviendo al tema, por muchas veces que leo la fraseclavemotivadoraqueilumina mi oscuridad y me promete, con un chasquido de purpurina, convertirme en Princesa Disney, no consigo aplicarla. Es decir, que por mucho que “manifieste”, no salgo de la teoría.
Vale, siempre he sido de letras puras, y en mi época éramos los expertos en tragarnos kilómetros de palabras y párrafos, con los codos secos apoyados sobre una mesa analógica. Los de ciencias se preparaban más para entender, pero nosotros teníamos el prestigio intelectual.
Y aquí, con cuarenta y tantos, con un puzle por terminar de encajar sobre mi vida, mis ganas, mis taras y mi energía, no sé aún cómo coño aplicar una frase de sobre de azúcar que me promete, desde el platillo vintage de la cafetería de especialidad tan mona —y, por cierto, llena de gluten—, que si hago lo que estoy leyendo me convertiré en esa Princesa Disney con vestidazo azul allí mismo, ante la admiración de todas y todos los que hemos ido a pagar tres veces más por un cafecito con las Birkenstock puestas desde casa. Y, en lugar de café sobrevalorado, invitaré a todas y todos a compartir mis perdices prometidas.
Me encantaría que mi resistencia fuera un impulso épico de mi herida de infancia, donde el mecanismo de defensa lucha la batalla con brillante armadura, fiel creyente de que sigue siendo necesario para mi equilibrio, como lo fue en otros momentos.
Pero lo cierto es que no tengo ni idea de cómo seguir una receta, ni siquiera para hacer granola casera.
Los de letras puras —y, para colmo, yo rematé la jugada con un grado universitario en Filosofía— nos aprendemos la receta: tomamos apuntes en sucio primero, los pasamos a limpio y después hacemos esquemas. Subrayamos las claves de un color y resaltamos los títulos con otro. Editamos el texto, le ponemos un poquito de poesía, algún dibujito y una tipografía estilosa. Y terminamos agotados de ese trabajo. ¿O simplemente somos unos negados para levantarnos del escritorio, ponernos el delantal y mancharnos las manos?
A mí la pereza máxima me entra cuando hay que calcular cantidades para garantizar un resultado comestible; ahí desconecto con la excusa de que “no es nada creativo el proceso”. Incluso se me van las ganas de probarlo. Ya no me interesa.
Pero, en lo que estamos tratando de verdad aquí y ahora, me jode infinito no ser capaz de poner en práctica esas frases salvadoras que parecen encerrar el truco definitivo para dejar de ser Cenicienta y convertirme en Princesa.

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