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Contradíceme

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • hace 5 días
  • 2 min de lectura

Estaba yo pensando… ¿Nunca te ha pasado que aquello que te produce rechazo te despierta, al mismo tiempo, un deseo tan inesperado como desconcertante?


Quizá de eso trate la atracción: de un péndulo que oscila constantemente entre el deseo y el rechazo. Un movimiento continuo que, de vez en cuando, pierde su eje, se desvía y deja al descubierto una parte de nosotros que creíamos destinada a permanecer en la sombra. Una zona que suponíamos oscura, velada, incluso impropia. Y que, sin embargo, resulta profundamente atractiva.


Porque lo atractivo no es un territorio personal e intransferible. Está condicionado por todo aquello que compartimos: los acuerdos tácitos que hacen posible la convivencia, ese conjunto de convenciones que nos permite vivir juntos e incluso empatizar.


Pero entonces surge una pregunta: cuando encontramos una contradicción en nosotros mismos, ¿por qué intentamos esconderla en lugar de comprenderla, o incluso imponerla?


Deseamos coherencia casi con desesperación. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto es realmente necesario exigirla.


Tal vez todo tenga que ver con el miedo.

Aceptar nuestras contradicciones implica aceptar también el desorden del que huimos. Significa reconocer que no somos tan lineales como nos gustaría creer. Reconciliarnos con ese caos supone ir en contra de un mecanismo de supervivencia profundamente arraigado: el impulso de ordenar, clasificar y etiquetar.


Cuando etiquetamos a los demás, también ordenamos nuestras expectativas. Disminuye la incertidumbre, baja la alerta y podemos descansar en la ilusión de comprender el mundo. Es un confort parecido al de la inconsciencia: una tranquilidad construida sobre la sensación de que todo ocupa el lugar que le corresponde.

Ordenamos, como Mónica en Friends, de manera más o menos compulsiva, buscando una seguridad capaz de apagar la alarma interior.

Pero ordenar no elimina las contradicciones. Apenas las oculta bajo una alfombra gruesa, pesada y cómoda.


Yo mismo siento aversión hacia la conciencia, al menos hacia esa consciencia insistente que se planta frente a uno como alguien impertinente empeñado en señalar aquello que preferiríamos ignorar, y que parece incapaz de entender los códigos de la prudencia.

Y, sin embargo, debajo de esa alfombra bajo la que escondemos nuestras contradicciones, y que trato de pisar de puntillas para evitar que se mueva un milímetro, hay algo importante: la evidencia de que la atracción carece de moral.

No tiene intención. No tiene emoción.

Del mismo modo que todo lo que ocurre en nuestra vida no sucede porque “debía – o tenía que– suceder”, sino porque simplemente sucede, la atracción aparece. Sin pedir permiso. Sin justificar su presencia.

Somos nosotros quienes le damos la excusa, construimos su relato.

Somos nosotros quienes añadimos interpretación, significado y juicio. A veces lo hacemos conscientemente; otras, desde ese automatismo que gobierna buena parte de nuestras decisiones.


Por eso quiero pensar que la gran ventaja de la conciencia no consiste en controlar nuestros impulsos, sino en detectar nuestras costumbres. En reconocer los relatos que repetimos una y otra vez sin cuestionarlos.

En mi caso, la adicción al drama.


Porque quizá las contradicciones no sean el problema. Quizá el problema sea la historia que construimos alrededor de ellas.

Y tal vez, mediante una costumbre mejor aprendida, podamos cambiar el relato.

Y con él, la vida.

 
 
 

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