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Un lugar en la vida de alguien

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 12 jul
  • 3 min de lectura

Estaba yo pensando en ser elegido, ser reconocido o ser necesario.


Parece ser que vivimos obsesionados con que nos elijan. Que nos elijan para un trabajo, para un proyecto. Para una beca, para una relación.

Para una cita…


Parece que el éxito consiste en eso: en ser EL elegido.

Y, sin embargo, cuanto más lo pienso, más me convenzo de que ser elegido es la forma más frágil de éxito que existe. Porque toda elección depende del exterior.

Hoy te eligen a ti, mañana eligen a otro. Incluso en los tiempos que corren a la velocidad de la luz pueden dejarte de elegir el mismo día que te eligieron.


No tiene por qué haber cambiado nada, tu trabajo. Ni siquiera tú. Simplemente cambió el aire, comúnmente llamado criterio.

Agotador.

Significa adaptarse constantemente al ajeno, al exterior. Intentar adivinar qué esperan de ti antes incluso de preguntarte qué esperas tú de ti mismo.


Durante mucho tiempo pensé que la alternativa consistía en ser reconocido antes de que el viento torciera su rumbo.

Reconocido por tener una voz propia.

Por haber construido un lenguaje —ambición desmedida para alguien que siempre ha predicado que carece de ella—, que pudiera identificarse a unos metros de distancia.

Eso me parecía una aspiración mucho más interesante.

Porque el reconocimiento no depende tanto de agradar, reza mi refrán favorito más vale caer en gracia que ser gracioso, como de ser identificable.

Reconocemos la caligrafía de una persona antes de leer lo que escribe. Reconocemos la voz de alguien querido al decir una sola palabra, reconocemos a ciertos artistas desde la otra punta de un museo. Los iconos.


El reconocimiento tiene algo de identidad.

Es la prueba de que has repetido una misma conversación contigo mismo durante tanto tiempo que ha terminado convirtiéndose en un idioma —pretencioso quizá— Pero tampoco estoy seguro de que ese sea el final del camino.


Últimamente creo que existe un tercer escalón más silencioso, y bastante más complicado.

Ser necesario —esta ambición se me antoja la más tóxica jamás anhelada—

No en el sentido literal. Nadie es imprescindible. Me refiero a esa extraña sensación de que, cuando alguien encuentra tu trabajo, deja de buscar. No porque seas el mejor, sino porque eres exactamente lo que necesitaba encontrar.

Siempre me ha llamado la atención que haya cafeterías llenas en una calle donde hay otras cinco completamente vacías.

No sirven un café mejor. Simplemente han conseguido que algunas personas sientan que ese lugar es suyo —su historia—


Con el arte ocurre igual.

Con los libros.

Con las marcas.

Con los restaurantes.

Incluso con las personas.

Hay quien intenta gustar a todo el mundo.

Y hay quien termina siendo indispensable para alguien.

Curiosamente, los segundos suelen construir más tiempo —la auténtica ambición humana— Quizá porque nunca trabajaron para el aplauso general.

Trabajaron para una afinidad concreta.


Creo que confundimos con frecuencia popularidad con necesidad.

La popularidad es el ruido. La necesidad crea vínculos.

Lo popular cambia con las estaciones. Lo necesario permanece incluso cuando la moda no sopla a su favor.

Por eso cada vez me interesa menos preguntarme si la gente elegirá mi trabajo.

Incluso me preocupa menos que lo reconozcan.

La pregunta que intento hacerme ahora es otra. ¿Estoy haciendo algo que alguien echaría de menos si desapareciera?

No porque no pudiera sustituirlo, hemos quedado en que todo es remplazable.

Sino porque ninguna alternativa le produciría exactamente la misma sensación.

Ahí es donde creo que vive el verdadero valor de una obra, de algo o alguien.

No en ser mejor. Ni más visible. Ni más famosa. Sino en ocupar un lugar que no estaba ocupado antes.


Eso exige renunciar a una tentación muy humana: parecerse a lo que ya funciona. Incluso cambiar —pánico—

Porque parecerse da seguridad. Pero también te convierte en una opción más dentro de una lista.


En cambio, cuando construyes una voz propia ocurre algo extraño, pareces más pequeño. Y eso da miedo.

Durante un tiempo incluso parece que has cometido un error. Hasta que un día aparece alguien y dice una frase que vale más que cualquier campaña de publicidad.

Te estaba buscando a ti sin saber que existías.

Y quizá esa sea la diferencia.


Ser elegido es una circunstancia.

Ser reconocido es una identidad.

Pero ser necesario es haber encontrado un lugar en la vida de alguien que nadie más puede ocupar de la misma manera.

No sé si ese debería ser el objetivo de cualquier proyecto.

Pero he vivido lo suficiente últimamente para creer que es el único que merece la pena perseguir.


Ar Domínguez

 
 
 

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