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El extraño prestigio de saber repetir

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • hace 23 horas
  • 2 Min. de lectura

Estaba yo pensando en algo que no termino de entender del todo: por qué repetirse se siente, a veces, como si estuvieras haciendo algo mal.


Como si la rutina, si pedir lo mismo en un restaurante, volver al mismo sitio o quedar con las mismas personas fuera una forma discreta de fracaso. Una especie de falta de curiosidad mal disimulada. Como si no estuvieras sabiendo aprovechar todo lo que está ahí fuera, esperando.


Y, sin embargo, cada vez vuelvo más a esa idea.


Porque vivimos rodeados de opciones. De estímulos. Demasiados. Nuevos sitios, nuevos sabores, nuevas recomendaciones, listas infinitas de cosas que no te puedes perder. Todo parece diseñado para empujarte hacia lo siguiente, para que no te quedes demasiado tiempo en ningún sitio, para que confundas movimiento con criterio.


Y en medio de todo eso, repetir empieza a parecer un gesto sospechoso. Como si no encajara del todo en la narrativa actual de una vida bien “aprovechada”.


Me ha pasado más de una vez. Estar en un sitio que me gusta y, aun así, dudar. Me pasó incluso anoche: pedí una margarita para cenar y, hasta que llegó a la mesa, no dejé de pensar en cambiarla por otra cosa “más interesante”: ¿nueva?. Como si lo evidente no fuera suficiente. Como si, en algún lugar del menú, hubiera una versión mejor de la noche esperándome.


No era insatisfacción. Era otra cosa.

Esa leve inquietud que aparece cuando sabes que podrías elegir distinto, pero ¿necesariamente mejor?


Siento que repetir no es falta de interés. Es, muchas veces, una forma de precisión.

Saber exactamente lo que te gusta y volver ahí pero con la necesidad de justificarlo. Aunque sin la tensión constante de estar comparando, evaluando, corrigiendo. Sin esa sensación de estar perdiéndote algo cada vez que eliges.


Hay una elegancia particular en eso.


En conocer tus lugares, tus sabores, tus rutinas. En no estar todo el tiempo midiendo si podrías estar en un sitio mejor, con un plan mejor, con una versión mejor de lo que ya tienes.


La novedad tiene algo adictivo. Cierto.

Te mantiene en movimiento, sí. Pero también te mantiene en la superficie.

Siempre probando.

Siempre cambiando.

Sin terminar de quedarte ¿de escucharte quizá?


Y, curiosamente, cuando repites, pasa lo contrario.


Las cosas se vuelven más tuyas. A veces, incluso, empiezan a parecerse a la identidad.


Porque el mismo sitio no es exactamente el mismo la segunda vez. Ni la tercera. Empiezas a fijarte en detalles que antes no veías, a reconocer gestos, a anticipar momentos. Construir una relación con lo que ya conoces.

Como si la experiencia, en lugar de expandirse hacia fuera, empezara a hacerlo hacia dentro.


No sé.

Igual repetir no es lo contrario de descubrir.

Igual es otra forma de hacerlo.

Una más precisa.


Y, en el fondo, más exigente.


Porque implica renunciar a la ilusión de que siempre hay algo mejor esperándote en otro lado.

Y aceptar que, a veces, lo mejor… ya lo has encontrado. Y, si no “es lo mejor” ¿qué más da?


¿Y si volver ahí no es falta de curiosidad? ¿Y si fuera simplemente criterio?.


Ar Domínguez

 
 
 

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