Obra firmada
- Ar Domínguez

- 23 mar
- 2 Min. de lectura
Hoy me he dado “a luz” a mí mismo.
25 días han pasado desde que empezaron “las contracciones” de una gestación larga, compleja y complicada también. Llena de incertidumbres, de desasosiego, de volantazos, de ilusión, de euforia. De sombras y luces. He tenido que trabajar la técnica, descubrir mi estilo y contar, sobre todo contar lo que pasa conmigo, en mí. Contarme mientras me atrevo a conocerme.
Solo, pero absolutamente acompañado: de mis musas y de mis mecenas (gracias a todas y todos ellos por tanta fe cuando yo ando en crisis con ella).
La realidad, porque ahora sé que la verdad trata de otra cosa, es que nunca soñé con ser artista, lo di por hecho porque fue mi lugar en el mundo desde que de niño encontraba en la creación mi lenguaje natural.
Ese sueño vino después, cuando la vida me enseñó que no debía ser yo mismo, que como en cualquier teatro tenía que representar un personaje para encontrar un papel en la función. Entonces cree ese personaje y lo demás paso a ser “deseo”, un sueño que solo ocurrirá cuando cierres los ojos y abandones la máscara con la que estás en el mundo.
Es curioso como, a pesar de todo, no consigues engañar a nadie. Supongo que ocurre como cuando ves una peli y, por muy bien interpretada que esté, sabes que son actores y actrices. Creo que en el fondo así convivimos los unos con los otros.
Pero todas las películas y las series tienen su final, y cuando el mío llegó y no conseguí que mi siguiente temporada tuviese éxito, el sueño empezó a colarse en la vida, cogiendo fuerza en cada una de sus “escenas”, cada vez más irremediable, cada vez menos sueño y más mi lenguaje natural.
Ahí empezó este “embarazo” que hoy culmina con la primera firma, una “a” sin más, sin más caretas o artificios. Una “a” desnuda.
Y estoy feliz, esa es la palabra, nada más y nada menos. Dolorido, incómodo y lleno de nuevos miedos.
Pero ahora ya estoy más cerca de aquello que tuve que soñar de mí mismo.

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