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Todos los finales posibles

Foto del escritor: Ar Domínguez
Ar Domínguez
12 abr
2 min de lectura

Estaba yo pensando que todas las historias verdaderas tienen diversos finales posibles.


Siempre pensamos las historias como algo que ocurre de un punto A a un punto B. Hay un inicio, un conflicto -el nudo- y, si todo va bien, un final que lo deja todo en “su sitio”. Nos gusta esa idea porque esa estructura convierte la experiencia en algo que nos da a entender que podemos intervenirla, cerrar y archivar.


¿A qué edad nos damos cuenta de que la realidad funciona de otra manera? Pero..., espera: ¿por qué nos hacemos los locos y continuamos intentando que esto sea así, cuando ya sabemos que no lo es?


Hay algo en las historias verdaderas que se resiste a terminar indefectiblemente. Como si cada final fuera solo una forma provisional de entender lo que ha pasado, no la única ni necesariamente la definitiva.


Quizá por eso volvemos tantas veces a lo mismo. A una relación, a una conversación, a una decisión que creíamos resuelta. No porque no sepamos “soltar” -está muy de moda esta intención-, sino porque aún no hemos terminado de metabolizarla.


O, quizá, porque no existe una única forma de entenderla.


Visto así, una historia no avanza en línea recta. Se mueve más como un pensamiento que se corrige a sí mismo. Afirmas algo, luego lo cuestionas, después lo integras de otra manera. Y en ese proceso, lo que parecía un final se desplaza.


No desaparece, pero cambia de lugar.


Lo que ayer era una certeza hoy se convierte en una parte de algo más amplio. Y lo que parecía una contradicción empieza a tener sentido dentro de otra lógica.


Es incómodo, porque anula la idea de cierre. Pero también es más honesto, y así más real.


Hay relaciones que no acaban cuando terminan. Cambian de forma. Se recolocan. A veces incluso mejoran cuando dejan de ser lo que eran. Y hay decisiones que no se entienden en el momento en que se toman, sino mucho después, cuando ya han tenido tiempo de “lucir” sus consecuencias, como una camiseta que te compras porque la entiendes en la tienda pero tarda muchísimo tiempo en tener sentido en tu ropero.


Como si la vida necesitara distancia para explicarse.


En ese sentido, cada historia contiene varias posibilidades de final, no porque todo sea relativo, sino porque todo está en movimiento. Porque lo que eres hoy no es exactamente lo que eras cuando empezó esa historia, y tampoco será lo que seas cuando decidas volver a mirarla.


Y entonces cambia.


Cambia el peso de lo que ocurrió, cambia la importancia de ciertos detalles, cambia incluso la forma en que te sitúas dentro de ello.


No es que reescribas el pasado. Es que lo comprendes desde otro lugar.


Y eso abre algo interesante.


Porque quizá no necesitas cerrar las historias de forma perfecta. Ni encontrar “el final correcto”, como si de una serie se tratase. Quizá basta con permitir que evolucionen contigo, que se vuelvan más complejas, más matizadas, más reales.

Como tú.


Al final, una historia verdadera no es la que termina.

Es la que puede seguir cambiando sin dejar de ser verdad, sin dejar de pasearse por tu vida. El reto sería, entonces, evitar que se se arrastre por ella. ¿No crees?.


Ar Domínguez


 
 
 

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