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Ya no soy divertido.

Foto del escritor: Ar Domínguez
Ar Domínguez
15 mar
3 min de lectura

Empiezo a sospechar que he dejado de ser divertido.


No ha sido una decisión, y tampoco una tragedia. Solo una constatación, como cuando una mañana descubres que ya no te sabes de memoria una canción que antes tarareabas sin pensar. Algo -más- se ha movido.


Durante muchos años he sido el que encontraba el comentario inesperado, el giro ingenioso, la salida teatral. Solía animar la mesa, la conversación, la noche. Y con el tiempo aquello se convirtió en un oficio: una forma de ocupar el mundo.


Hacer reír es una moneda muy eficaz.


La gente te quiere cerca. Te escucha. Te invita a volver.


Pero sospecho que en mi empeño por desmontar “el personaje” —esa lenta deconstrucción personal en la que llevo metido desde hace años— también se ha caído esta herramienta.

O al menos ese humor.


Tal vez solo sea cansancio.

La sensación de que la pila social se ha ido gastando poco a poco, avisándome con el pilotito rojo para que corriera por el cargador, y yo mirando deliberadamente hacia otro lado. Como una linterna que aún ilumina, pero ya no con la misma intensidad.


Ahora me sorprendo disfrutando de estar atento. Mirar. Pensar. Quedarme callado. Me siento bien en una forma de presencia más silenciosa. Más meditativa. Incluso taciturna.

Pero ahora no es tristeza.


Es otro clima.


Y sin embargo, a veces echo de menos ser el alma de la fiesta. Lo echo de menos con la misma ambigüedad con la que uno puede echar de menos un dolor que te hacía especial o al que te acostumbraste: porque durante mucho tiempo fueron la forma en que aprendimos a existir. Eso es el apego.


Nos apegamos incluso a aquello que nos hacía daño, simplemente porque fue nuestra manera de estar en el mundo. Como la fe cuando se pierde. Como ciertas opiniones que un día defendíamos con vehemencia y que, si somos honestos, tal vez solo adoptamos para gustar, para pertenecer, para ser de la tribu.

El problema empieza cuando uno decide desmontar esas estructuras. Empiezas a retirar etiquetas. A sospechar de ellas. A triturarlas.


Pero el proceso encierra una trampa curiosa: desmontar quién eras no implica saber quién eres. -«Aaaaaaaah…migo», no se trata de un "toma y saca".


Se trata de que cada día tengo más claro quién no quiero seguir siendo. Eso lo veo con una nitidez, porque trabajar duro por conectarte contigo mismo te desarrolla esa “sensibilidad”. -«Peeeeeero… », Lo que todavía no tengo tan claro es quién SOY. ¿Recuerdas el dilema más parodiado de la escena existencial “Ser o Estar” ( «to be or not to be» la primera línea de un soliloquio de la obra de William Shakespeare, Hamlet).


Y ese territorio intermedio es desconcertante. ¡Que coño! Es desasosegante.


Durante años viví en la claustrofobia del Ego. Ahora, al salir de él, me encuentro en una plaza abierta, enorme, agorafobica. La libertad absoluta tiene algo inquietante: se parece demasiado a la intemperie.


El espacio es infinito, pero todavía no sabes cómo habitarlo.


Y mientras tanto, el apego sigue ahí, como una pestaña en el ojo. No te lo cierra, pero de vez en cuando te recuerda lo cómodo que era volver a lo conocido, incluso cuando lo conocido era una cárcel.


Así que aquí estoy.


Entre el vacío y el desconcierto.

Entre la VERDADERA fascinación luminosa y el vértigo.

Aprendiendo a caminar ¿sin etiquetas?, sin un guion, sin una identidad demasiado definida.

Y empiezo a sospechar que quizá de eso iba todo esto.

De atravesar el desorden.

De perder algunas habilidades que parecían imprescindibles.


De quedarse un tiempo —espero que solo un tiempo— en ese lugar misterioso donde ya no eres quien eras, pero todavía no sabes quién vas a ser.


Ar Domínguez

 
 
 

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