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Otro año como ningún otro

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 1 ene
  • 2 Min. de lectura

Me despierto de una siesta que me ha sabido a poco. No sé cuánto habré dormido, pero poco. Siempre me pasa: ya no logro siestas largas y pesadas, apenas unos minutos entre rumiantes y fantasmas.


Espero a que salga el café, apoyado sobre el pollo de la cocina, y abro delicadamente un trocito de chocolate negro, de esos que venden ya listos en porciones. Aprovecho para calentarme las manos en la vitro mientras derrito un poco el chocolate antes de llevármelo a la boca. Y esta escena se me antoja, vivida así, la respuesta perfecta a esa pregunta recurrente sobre la felicidad ideal que hacen a todos los entrevistados en un podcast que escucho desde hace años. Me gustan las entrevistas incluso cuando no conozco a quien responde. Quizá hay ahí una búsqueda de respuestas. O de poses —menos místico que las respuestas—. Escuchar a gente hablar de sus vidas, de sus gustos, de sus formas de estar en el mundo y de sus poses.


Hace algún tiempo pensé que, si alguien me hiciera esa pregunta, respondería “la paz”. Y la paz sigue siendo mi idea de felicidad perfecta. Pero la paz se viste de muchas maneras distintas, según el día, la hora y el humor de cada momento. Es más un estado que un instante, más un vídeo que una foto. A veces en color y otras en blanco y negro. El efecto, sin embargo, es el mismo. Qué bien se está cuando se está bien, incluso cuando no vives exactamente “el sueño”.


Hace ya varias semanas mi vida dio otro giro inesperado. Uno más. De los que ni siquiera te planteas. A decir verdad, no me he planteado ninguno de los anteriores, y los que sí imaginé nunca sucedieron. Un cambio de escenario literal: otra casa, otro barrio, otro supermercado, otra farmacia, otro gimnasio, otras rutas. Y lo que más me sorprende es haberme adaptado tan cómodamente a mis propios temores. Tan rápido. Sin melancolía. Sin pena. El personaje era el dramático, no yo. Siempre lo fue, y no lo supe hasta ahora. El apego es una pose, no una realidad.


El año se acaba sin detenerse a preguntarte qué opinas sobre él, salvo que seas tú quien se pare y se lo cuestione. Otro año más, pero en absoluto uno cualquiera. Especial, complejo y complicado; farfullo y tranquilo a la vez. Tan parecido y tan distinto a los últimos anteriores. Con muchos carpetazos y una lista de quehaceres aún pendientes.


Enero duró meses. La primavera se hizo rogar demasiado para un friolero como yo. El verano no trajo ninguna historia de amor que contar en otoño, y el invierno ha irrumpido violento e imponente. Y así, me viene a los dedos —porque me ronda la cabeza— esa frase hecha que dice “esta misa está dicha”, para comprobar que, efectivamente, he aprendido la gran lección de 2025: no dar nada por sentado.


Así que no pienso hacerlo. Al menos, no hasta comerme la última uva de Nochevieja. Porque creo haber entendido bien que, tras la última campanada, ya estamos en el futuro.


Ar Domínguez

 
 
 

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