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Cambio de tronos

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • hace 2 días
  • 5 min de lectura

Estaba yo pensando… sobre lo de que ahora estamos hartos de los influencers.

Los hemos convertido en frívolos vendidos, escaparates humanos, culpables de nuestro consumismo y representantes de todo lo que está mal en las redes sociales. Y yo llevo unos días leyendo sobre su caída y pensando que esta película ya la he visto.


Nosotros los construimos. Nosotros quisimos parecernos a ellos. Y ahora también necesitamos diferenciarnos de ellos. Es lo que hacemos continuamente.

Creamos algo, lo deseamos, lo elevamos, lo convertimos en símbolo de una época y, cuando ya lo hemos exprimido suficiente, lo dejamos en una esquina y empezamos a sentir cierta vergüenza, eso también es tendencia.

El sistema no destruye aquello que deja de interesarle.

Lo sustituye.


Cuando yo era pequeño no había influencers. Había estrellas.

Las estrellas de Hollywood pertenecían a un lugar muchísimo más lejano que el dormitorio desde el que hoy alguien nos enseña una crema. No se lavaban la cara con nosotros ni nos enseñaban qué habían comprado esa tarde. Pero también queríamos parecernos a ellas.

Vestir, conducir sus coches. Beber lo que bebían. Llevar sus gafas. Tener su cuerpo. Vivir en sus casas.

Y nadie parecía demasiado preocupado porque una película pudiera convertirse durante dos horas en un catálogo de cosas que desear, sin rótulos de “emplazamiento publicitario”.

De hecho, sigue ocurriendo.

Vemos una película y nadie coloca un aviso antes de la escena para explicarnos que el coche que conduce el protagonista no lo eligió por sus prestaciones, que el reloj que lleva probablemente tampoco, que aquella bebida estratégicamente colocada sobre su deseada mano tiene más que ver con un departamento de marketing que con el arco dramático del personaje.

Pero parece que hemos decidido que el gran descubrimiento de nuestra época es que una influencer cobra por enseñarnos un bolso.

¡Bienvenidos a la publicidad!


Yo recuerdo perfectamente la televisión de mi infancia. Recuerdo Médico de familia. Y recuerdo que todo el país tenía que ver, porque no había otra cosa, a la familia de Emilio Aragón desayunar absolutamente todo de marca. No elegías el capítulo. No decidías a qué hora. No pausabas. No adelantabas. No había algoritmo preguntándote qué te apetecía ver después.

Te sentabas y veías lo que había. Y te quedabas enganchado a esa mesa alargada donde había de todo. Marcas perfectamente orientadas hacia la cámara como si los habitantes de aquella casa tuvieran la extraña costumbre de desayunar colocando todos los productos con el logotipo mirando hacia el salón, y nadie ni nada interrumpía la escena para explicarnos que aquello podía formar parte de una estrategia comercial de aquella publicidad era salvaje. Descarnada.

Y además éramos muchos menos conscientes de ella, muchísimo más vulnerables e ingenuos.


Los anuncios llegaban a continuación y tampoco podíamos saltarlos.

Competían en los patios de los colegios como competían los niños. A codazos. Gritando. Creando necesidades que después llevábamos a casa entre súplicas para desayunar lo mismo porque sentíamos que de lo contrario nos quedábamos fuera…Porque antes también había conversación.


Por eso me sorprende esta idea de que vivimos en la época de mayor manipulación publicitaria de la historia como si antes hubiéramos habitado un maravilloso territorio virgen donde comprábamos exclusivamente aquello que necesitábamos después de realizar un análisis racional de nuestras necesidades.

No.

Nos vendían constantemente.


Lo que ha cambiado es el vendedor. Ahora también está en nuestras manos… Primero una estrella de cine, una súper modelo, un futbolista, un presentador de la tele, el prime time , una revista, una valla publicitaria, nuestra vecina, la chica más estilosa de clase…

Ahora puedes ser tu grabándose en el baño de su casa.

¿Y eso es lo que nos incomoda? PERO ¿A quien? ¿A nosotros o a los que nos manejan? ¿No será que lo que incomoda es que se haya “democratizado la posibilidad de opinar” y que se les esté yendo de las manos?


La democratización.

Ya no hace falta que un estudio de Hollywood decida convertirte en estrella. Ni que una revista te saque en portada.

Solo necesitas un teléfono.

Bueno, vale venga… Un teléfono, conexión a internet, cierto carisma, perseverancia y unas buenas “tragaderas” para convertir tu propia existencia en mercancía. Y SOLO DESPUÉS, después llegan las marcas. Después.

Vivimos en un sistema capitalista. ¡Bienvenidx!

La publicidad no es una anomalía del sistema.

Es su piedra angular.

Y aquí empieza la parte que creo que nos gusta menos, entrar en la trastienda y ver los cables del teatrillo.


Porque queremos criticar el capitalismo desde el último modelo de teléfono comprado a plazos.

Queremos denunciar el consumismo mientras esperamos un paquete que como no llegue en un par de horas vamos a mal reseñar sin contemplaciones.

Queremos que desaparezca la influencia comercial, pero también queremos series desechables, música infinita, aplicaciones, redes sociales, inteligencia artificial, vuelos baratos, ropa barata, tecnología barata y un scroll infinito de posibilidades de consumo.

Queremos elegir.

Y queremos elegir mucho. Todo el rato.


Ese quizá sea uno de los grandes triunfos del sistema. Consiguió algo mucho más eficaz:

que casi todos pudiéramos tener alguna versión de lo mismo.

El perfume y su equivalencia (esto me vuela la cabeza) La marca blanca que también termina convirtiéndose en objeto de deseo.

Hay un producto para cada bolsillo y, cuando no lo hay, probablemente exista una financiación, y todo diseñado para reducir al mínimo el tiempo que existe entre querer algo y tenerlo.


Y mientras tanto hemos conseguido convertir prácticamente todas nuestras funciones básicas en industrias gigantescas.

Comer. Dormir. Relacionarnos. Encontrar pareja. Tener sexo. Mover el cuerpo. Vestirnos. Hablar. Mirarnos. Entretenernos. Incluso descansar. Hasta para desconectar existen productos que comprar, desde el teléfono.

Comemos fotografiando antes la comida para rezarle a san Instagram como agradecían a Dios mis abuelos.


Pero resulta que el problema son los influencers. Tengo mis dudas: ¿no serán ellos marionetas del sistema que está usando uno de los pecados capitales más fáciles de usar para manipularnos y cortarles las cabezas?


Por eso, cuando leo sobre la caída de los influencers, no termino de entender exactamente qué estamos celebrando.

¿Queremos desmontar el sistema?

¿De verdad?

Porque eso supondría bastante más que dejar de seguir a una chica que enseña bolsos.

Supondría cuestionar nuestra relación con el deseo, con la propiedad, con la velocidad, con el entretenimiento, con la tecnología y probablemente con muchas de las comodidades que consideramos derechos merecidos.


Creo que queremos algo bastante más sencillo.

Cambiar el trono de sitio.

El ciclo inevitable de la vida, como en moda todo cambia y todo vuelve…


El sistema ha conseguido algo bastante más sofisticado que convencernos para consumir.

Ha conseguido convertir incluso nuestra queja contra el consumo en otro producto consumible.

Quizá esa sea la verdadera moda.

No la caída de los influencers.

La indignación.


Y entonces vuelvo a la pregunta del principio.

¿De qué nos estamos quejando exactamente?

Está en el teléfono.

En tus suscripciones.

En el paquete que esperamos.

En aquello que deseamos.

En quien nos lo vende.

Y, sobre todo, en nosotros.

Pero sospecho que no queremos desmontarlo.


Queremos seguir jugando.

Solo que ahora toca decir que el juego nos parece fatal. Y ya está.


Ar Domínguez

 
 
 

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