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Libros de verano

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 1 ago
  • 4 min de lectura

Estaba yo pensando en esa tendencia que estos días he visto sobre las listas recomendando libros de verano, como un tutorial más de como hacer la maleta o los básicos para una escapada. Y me hizo gracia la expresión, no por nueva sino porque . hasta ahora yo no le había dedicado minutos de mi legendario sobrepensamiento a que los libros tenían estaciones. Pensaba que eso les ocurría a los árboles, a las alergias y, en cualquier caso, a la ropa por mi trabajo.

Supongo que no refieren a estaciones como fenónmeno astronómico y climático, sino a temporadas. Y ahí nos vamos entendiendo mejor.


Quienes trabajamos en moda llevamos años organizando la agenda en colecciones. Antes se llamaban otoño-invierno o primavera-verano. Después la ansiedad las separó en primavera, verano, otoño, invierno hasta que el estrés las subdividió en primavera, verano, media estación de verano, crucero, pre-otoño... Ahora las llamamos drops, que suponen un pasito más coherente en el sistema de estímulos por segundos dentro de esa extraña jerga angloespañolinternational en la que vivimos los que nos dedicamos a vender moda -ya la palabra avisa del estrés contemporaneo-. Cambia la palabra, pero el objetivo sigue siendo el mismo: justificar que siempre hay algo nuevo que comprar.

Quizá por eso me sorprendió descubrir que los libros también juegan ya oficialmente en esa liga de tendencias, quizá porque sospecho que se ha puesto de moda leer, algo que me encanta y aterra a la vez, por cierto.


Tengo uno de varios esperándome en la mesilla -soy incapaz de elegir uno solo- que ahora lo miro como a una gruesa bufanda propia en un invierno escandinavo jodido. Y, llámame loco, pensaba leerlo en agosto, en Gran Canaria, mientras trabajo en el próximo drop de mi marca para lo que antes llamaba "colección de invierno" a 30 grados de media. Confieso que hasta hace unos días ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudiera estar utilizándolo fuera de temporada, ¿me dará calor leerlo? pregunto. Hace esos "unos días" seguía manteniendo la lectura lejos de la moda, como mi refugio sacrosanto desde niño a todo lo demás que pasa en el mundo, o quizá como manera de entenderlo mejor.


Entiendo que existan lecturas ligeras. Las hay. Igual que existen películas que uno ve sin demasiadas consecuencias o canciones que simplemente acompañan un trayecto en coche -suelen ser las favoritas de todos aunque las llamemos "placer culpable"-. Pero me pregunto si no estaremos confundiendo el momento con el contenido.

Porque, si lo pienso bien, precisamente el verano parece el mejor momento para leer aquello más denso.

Cuando llega octubre, la agenda aprieta. El móvil no deja de sonar. Las reuniones se multiplican. El cortisol hace horas extra y uno termina leyendo con la misma concentración con la que responde un correo mientras piensa en la compra del supermercado.

Sin embargo, una tarde de agosto tiene algo distinto sobre lo que he escrito ya aunque no recuerdo si te lo he contado. El tiempo se estira. Las horas dejan de perseguirte porque tu reloj automático ha perdido la noción del tiempo para no dejarte marca del sol en la muñeca. Y quizá sea precisamente ahí donde un libro espeso encuentra el espacio que necesita.

Siempre me ha parecido extraño que reservemos para el verano aquello que menos nos exige. Es como si aprovecháramos el único momento del año en el que disponemos de "tiempo" para pensar... precisamente para no hacerlo. Porque ¿pensar es un trabajo que también se marcha de vacaciones? Afortunados los pobres de espíritu, los que lloran y los mansos, como reza las Bienaventuranzas del Sermón del Monte en la Biblia.


Carrie Bradshaw me enseñó algo hace muchos años. Bueno, me enseñó varias cosas, algunas mejores que otras -como que yo si era feminista-. Pero hubo una que se me quedó grabada. Era capaz de ponerse un vestido de gala para ir a comer un helado un martes cualquiera. Como si las prendas no tuvieran obligación de esperar una ocasión especial para pasear.

Aquello me pareció una forma preciosa de entender la ropa. Sacarla a pasear fuera de su protocolo. Carrie, aunque se haya convertido en un placer culpable sigue teniendo cosas fabulosas, su palabra mítica.

Y me pregunto cuando dejamos de hacer eso mismo con los libros.


Nunca se me ha ocurrido pensar que una película es de invierno o que otra debería esperar al calor del verano. Salvo alguna excepción navideña, jamás he sentido que el arte tenga demasiado interés por el calendario.

Los cuadros tampoco.

Las canciones tampoco.


Entonces, ¿por qué los libros ahora sí?

Quizá porque se ha puesto de moda leer, o necesitamos clasificarlo absolutamente todo. Ya hemos hablado largo y tendido sobre que nos tranquiliza poner etiquetas. Nos gusta que exista una lista para cada momento de la vida: restaurantes para una primera cita, series para llorar, perfumes para la noche, destinos para desconectar y ahora también libros para agosto.

La clasificación tiene algo profundamente cómodo para el mercado y a nosotros nos evita decidir.

Y decidir siempre cansa. Y el mercado lo sabe.


No digo que haya nada malo en leer una novela amable junto a la piscina. Al contrario. Ojalá todas las tardes fueran tan sencillas como para reducirse a un libro, una tumbona y un poco de sombra.

Lo único que sospecho es que quizá estamos desaprovechando el mejor escenario posible para leer con adormecimiento aquello que realmente necesita atención extra.


Los libros nunca han entendido de estaciones.

Esperan.

Esperan encima de una mesilla en febrero.

Esperan en una mochila durante un viaje.

Esperan años, si hace falta.

Y un buen día, sin preguntar qué mes marca el calendario, deciden abrirse exactamente cuando nosotros estamos preparados para hacerlo. Seguro que te ha pasado muchas veces que el libro que te recomendaron se resiste en varios intentos hasta que encuentra el momento en que estás dispuesto a pasar de la quinta página y llegar al final.


Empiezo a sospechar que los únicos libros de verano son los que alguien necesita vendernos durante el verano. El mercado.

Los demás son simplemente buenos libros. Así con todo. Así, sin más (otra coletilla mítica de Carrie)


Ar Domínguez

 
 
 

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