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¿Cerrado por vacaciones?

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 15 ago
  • 5 min de lectura

Todos los meses del año deberían aprender algo de agosto. De su pachorra, principalmente. Agosto es el único momento en que levantarse tarde no necesita más excusa, tumbarse durante horas adquiere prestigio y contestar un correo puede considerarse una falta de educación. Durante once meses admiramos a quien no para. En agosto sospechamos de él.

Hay algo fascinante en ese acuerdo colectivo.

Llega el verano y empezamos a decir que necesitamos desconectar. Lo decimos con una gravedad parecida a la de quien necesita una transfusión urgentemente. Necesito parar. Necesito irme. Necesito cambiar de aires. Y seguramente sea verdad. Lo curioso es que, para desconectar, hacemos una maleta donde metemos cuidadosamente todos los aparatos que nos mantienen conectados.

Cargador. Batería externa. Auriculares. Reloj inteligente. Móvil.

Bañador.

Por ese orden.

Después nos marchamos a otro lugar para continuar allí lo que hacíamos aquí. Miramos el teléfono al despertarnos, solo que desde una habitación de hotel. Contestamos mensajes debajo de una sombrilla. Consultamos el correo con los pies metidos en una piscina. Seguimos pendientes de los demás, aunque ahora lo hagamos oliendo a crema solar.

Hemos cambiado el fondo de pantalla.

Quizá desconectar nunca significó desaparecer, sino aparecer desde otro sitio.

Agosto tiene su propia escenografía y la conocemos perfectamente. Una mesa junto al mar, un desayuno tardío. Un libro que puede llevar tres días abierto por la misma página. Unos pies desnudos frente al horizonte - a la gente le encantan sus propios pies-. Una copa al atardecer. El aeropuerto. La carretera. Esa fotografía inevitable desde la ventanilla de un avión que demuestra que, efectivamente, nos hemos ido, como los demás - sigo siendo del rebaño-.

No hace falta publicar nada, por supuesto. Podemos mandarlo por WhatsApp.

Lo importante parece ser que alguien sepa que estamos descansando.

Y aquí empieza a interesarme menos el teléfono que nosotros.

Porque resulta tentador culpar a las redes sociales de todo, como antes culpábamos a la televisión, a los videojuegos o a cualquier aparato suficientemente nuevo como para absolvernos. Pero Instagram no inventó nuestra necesidad de mirar alrededor para saber qué toca hacer. Mucho antes de tener una pantalla en la mano ya observábamos al vecino para decidir qué coche comprar, cómo vestirnos, dónde celebrar una boda o qué significaba haber prosperado.

Somos criaturas extraordinariamente originales que dedican una cantidad considerable de energía a parecerse unas a otras.

También cuando descansamos.

Quizá por eso cada época fabrica su propia idea de las vacaciones perfectas. Hubo un tiempo en que consistían en regresar cada verano al mismo apartamento familiar, con sus sábanas ligeramente húmedas, sus platos desparejados y una sombrilla que había sobrevivido a varias generaciones. Ahora parece que descansar exige cierta producción. Hay que descubrir lugares, probar restaurantes, reservar experiencias, encontrar esa playa que curiosamente ya encontraron antes otras cuarenta mil personas.

El descanso empieza a necesitar rendimiento.

Uno puede regresar agotado de unas vacaciones magníficas.

Y entonces me asalta una pregunta bastante antipática: ¿necesitábamos realmente irnos?

No digo que no necesitemos descansar. El cuerpo se cansa. La cabeza también, hay vidas que llegan a agosto arrastrándose. Lo que pongo en duda es otra cosa: que sepamos distinguir con facilidad entre una necesidad y una costumbre aprendida.

Porque vemos descansar a los demás y de pronto sentimos que nosotros también necesitamos descansar de esa manera.

Vemos una casa frente al mar y aparece una nostalgia instantánea por una vida que nunca hemos tenido. Vemos a alguien desayunando lentamente en una terraza y sentimos que llevamos demasiado tiempo desayunando mal. Vemos una cala transparente y concluimos que nuestra existencia necesita urgentemente agua turquesa.

Puede que sea deseo.

Puede que sea publicidad.

Puede que sea envidia.

Puede que las tres cosas sean ya difíciles de separar.

La imitación tiene mala prensa porque nos gusta imaginarnos como individuos soberanos tomando decisiones desde algún despacho interior donde solo entra nuestra voluntad. Pero buena parte de la vida consiste precisamente en mirar cómo viven los demás para aprender a vivir. Aprendemos a hablar imitando. Aprendemos gestos, gustos, ambiciones. Incluso maneras de rebelarnos.

El problema quizá no sea imitar.

El problema aparece cuando dejamos de saber que lo estamos haciendo.

Entonces una costumbre colectiva puede empezar a sentirse como una necesidad íntima. Creemos que queremos viajar, tener pareja, vivir en determinado sitio, adelgazar, emprender, meditar, correr una maratón o pasar agosto en una isla. Y puede que queramos realmente todas esas cosas. Pero también puede que hayamos convivido tanto tiempo con su representación que terminemos confundiendo familiaridad con deseo.

Nos pasa algo todavía más extraño: necesitamos continuar siendo interesantes cuando supuestamente hemos decidido dejar de hacer cosas.

Por eso las vacaciones contemporáneas tienen una pequeña paradoja incorporada. Queremos desaparecer sin dejar de ser vistos. Ausentarnos sin perder presencia. Desconectar sin correr el riesgo de que los demás continúen sus vidas demasiado tranquilamente sin nosotros.

Así que dejamos pequeñas pruebas de existencia.

Aquí estoy.

Ahora aquí.

Mira qué sitio.

Qué paz.

Qué desconexión.

Y probablemente no haya mentira alguna en esas fotos. Ese es precisamente el asunto, podemos estar disfrutando sinceramente de la puesta de sol y, al mismo tiempo, sentir el impulso de compartirla. Podemos querer estar solos y comprobar quién ha visto nuestra historia. Podemos necesitar silencio y sentir cierta inquietud cuando nadie lo interrumpe.

Las contradicciones humanas suelen ser bastante más interesantes que nuestras teorías sobre nosotros mismos.

Quizá la verdadera desconexión no consista entonces en apagar el teléfono. Eso sería demasiado sencillo. Bastaría con mantener pulsado un botón.


Tal vez desconectar sea dejar durante un rato de contemplarnos desde fuera.

No preguntarnos si el restaurante merece la pena, sino si nos gusta. No pensar si el lugar es bonito, sino sentir si estamos bien allí. No calcular si estamos aprovechando las vacaciones. No convertir el descanso en otro proyecto personal con objetivos, fotografías y una evaluación final de satisfacción.

Incluso aburrirnos. Sobre todo aburrirnos. Porque el aburrimiento tiene algo cada vez más subversivo: no produce nada que enseñar.

Y ahí aparece una pregunta que sirve para agosto pero quizá también para casi todo lo demás.

¿Qué haríamos si nadie pudiera enterarse?

Dónde viajaríamos. Qué ropa llevaríamos. Qué comeríamos. Con quién pasaríamos el tiempo. Qué libro escogeríamos. Qué foto no haríamos - la de los pies, seguro-.

No estoy seguro de que las respuestas revelasen un yo auténtico escondido debajo de todas nuestras imitaciones. Esa idea también resulta sospechosamente romántica. Somos, entre otras cosas, todo lo que hemos copiado, admirado, rechazado y aprendido de los demás.

Pero quizá descubriríamos alguna diferencia pequeña entre lo que deseamos y lo que hemos aprendido a desear.

Agosto podría servir para eso.

No necesariamente para desconectar del trabajo, de las noticias, del correo o del teléfono. Quizá bastaría con desconectarnos durante unos minutos del público imaginario que llevamos permanentemente sentado en alguna parte de la cabeza.

Después podemos volver a la playa, pedir otra cerveza y hacer la foto.

O no.


A lo mejor ahí empieza la diferencia.


Ar Domínguez

 
 
 

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