Recalculando ruta
- Ar Domínguez

- hace 6 días
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Anoche terminé hablando de filosofía con Nira. Nos pasa bastante. Empezamos hablando de una mudanza —he perdido la cuenta de cuántas llevo en los últimos tres años— y terminamos intentando resolver la vida, que es una actividad bastante más barata que una mudanza y produce aproximadamente el mismo desorden.
En algún momento le planteé una situación.
Imagina que decidimos ir a comprar unos zapatos que sabemos que venden en una tienda de Arucas. Ponemos la dirección en el navegador y arrancamos. Por el camino nos despistamos, interpretamos mal alguna indicación, damos un par de vueltas absurdas y volvemos a escuchar esa voz ligeramente pasivo-agresiva que dice «recalculando ruta».
Pero seguimos.
Estamos tan empeñados en llegar a aquella tienda que apenas miramos alrededor. Pasamos por calles que no conocíamos, escaparates que no estaban previstos y quizá hasta por otra zapatería donde, quién sabe, estaban los zapatos que realmente queríamos. No los que habíamos decidido querer antes de salir de casa.
Finalmente llegamos a Arucas.
La tienda está cerrada.
O peor: está abierta, entramos y descubrimos que aquellos zapatos no nos gustan tanto.
Entonces, ¿nos hemos perdido?
La pregunta parece una tontería hasta que sustituyes los zapatos por casi cualquier cosa importante.
Una profesión. Una pareja. Una ciudad. Una idea de éxito. La persona que juraste que serías cuando todavía no sabías demasiado acerca de la persona que eras.
Tenemos una relación curiosa con nuestros propósitos. Admiramos a quien persevera y desconfiamos de quien cambia de opinión. Al primero lo llamamos constante; al segundo, inconstante. Como si mantener una decisión antigua fuese necesariamente una virtud y modificarla necesitara siempre una defensa.
Quizá por eso algunos sueños infantiles terminan adquiriendo categoría de contrato.
Yo quería ser pintor.
Lo decidí muy pronto. Después crecí y, en algún momento de la adolescencia, me desvié hacia una calle secundaria que no figuraba en aquellas primeras coordenadas. Allí estaba la moda, otra manera de entender la belleza, otro lenguaje para contar cosas. Me entretuve bastante. Tanto que me hice adulto allí.
Durante años aquello pudo parecer una desviación.
Ahora no estoy tan seguro.
Porque cuando uno llega a cierta edad y decide recuperar un sueño antiguo sucede algo extraño: ya no regresa a él con la inocencia con la que lo imaginó, sino con el resentimiento de quien piensa que ha llegado tarde.
Y entonces aparece la prisa.
Esta vez sí.
Esta vez sin distraerme.
Esta vez voy a hacer las cosas bien.
Introduces de nuevo aquellas coordenadas en el navegador y sujetas el volante con una seriedad casi religiosa. Ya no quieres equivocarte de salida. No quieres entretenerte. No quieres volver a traicionar al niño que decidió quién ibas a ser.
El problema es que sigues teniendo ventanillas.
Y fuera siguen pasando cosas.
Aparecen paisajes que te interesan, personas que no estaban en el itinerario, trabajos improbables, deseos nuevos, versiones de ti mismo que aquel niño no habría podido imaginar porque, entre otras limitaciones, era un niño.
¿Qué autoridad tiene entonces sobre tu vida?
La pregunta me incomoda porque durante mucho tiempo he confundido la fidelidad conmigo mismo con la fidelidad a mis decisiones.
No son exactamente lo mismo.
Ser fiel a una decisión tomada hace veinte o treinta años puede ser una forma admirable de perseverancia. Pero también puede esconder cierta soberbia: la pretensión de que aquel que fuimos sabía mejor que nosotros quién debíamos llegar a ser.
Quizá algunas veces no abandonamos un sueño por cobardía. Quizá lo abandonamos porque hemos visto algo desde la carretera.
Y quizá otras veces hacemos exactamente lo contrario: llamamos «nueva oportunidad» a cualquier desvío porque nos aterroriza comprobar si somos capaces de llegar hasta el sitio que dijimos que queríamos alcanzar.
Ahí está la dificultad.
No existe un navegador para distinguir una revelación de una excusa.
Podemos desviarnos por miedo y podemos perseverar por miedo. Podemos abandonar porque hemos cambiado y podemos insistir porque no soportamos admitir que hemos cambiado. La misma conducta puede esconder exactamente la razón contraria.
Por eso empiezo a desconfiar de esa obsesión contemporánea por saber siempre adónde vamos.
Queremos objetivos, planes, fechas, propósitos. Queremos convertir una vida en algo parecido a una ruta de Google Maps: treinta y siete minutos, tráfico moderado, llegada prevista a las 18:42.
Y cuando algo nos obliga a recalcular, sentimos que hemos fallado.
Pero una vida no tiene por qué comportarse como un trayecto eficiente.
A veces la calle equivocada contiene información.
No necesariamente una oportunidad maravillosa. Esto tampoco va de romantizar cada tropiezo hasta convertir una avería en una señal del universo. Algunas calles equivocadas son simplemente calles equivocadas. Algunas decisiones nos hacen perder años. Algunas distracciones no esconden ninguna enseñanza. A veces uno se pierde y punto.
Lo difícil es mantener los ojos abiertos para distinguirlo.
Quizá madurar consista también en permitir que nuestros deseos sean sometidos a revisión. Preguntarnos de vez en cuando si seguimos conduciendo hacia un lugar porque queremos llegar o porque llevamos demasiado tiempo diciendo que íbamos hacia allí.
Hay una frase repetida hasta quedarse casi sin significado: «Ten cuidado con lo que sueñas, porque los sueños pueden hacerse realidad».
Siempre la había entendido como una advertencia sobre las consecuencias de conseguir lo deseado.
Ahora empiezo a sospechar otra cosa.
Tal vez haya que tener cuidado con lo que soñamos porque algunos sueños se quedan esperando nuestra llegada durante años, exactamente donde los dejamos.
Y nosotros, mientras tanto, no.

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