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Fe a medida

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 3 may
  • 2 Min. de lectura

Siempre he creído en Dios. Siempre he entendido la fe como lo más parecido a la suerte: la voluntad invisible que me pone de pie por las mañanas y me recoge al acostarme por las noches.


Lo que ha cambiado —varias veces— es la forma de practicarla. Mi credo, sin embargo, permanece intacto. La liturgia ha tenido un poder innegable en mi vida; incluso cuando tuve que soltarla para no quedar atrapado en ella, para no reducir algo inconmensurable a una estatua de madera, una medalla o una fecha marcada en la agenda, y aprender a ejercer un libre albedrío que antes me paralizaba casi con la misma intensidad que la agorafobia. Antes es cuando no conocía como se las gasta “el cambio” inexorable de ese libre albedrío.


Defiendo, sin matices, todo lo bueno que la fe puede aportar. Pero con una condición innegociable: que sea una fe propia, construida desde uno mismo, con sus dudas, sus tiempos y por supuesto sus grietas. Sin caspa. Porque en lo que ya —casi— no creo es en la fe enlatada, empaquetada con un lazo para el consumo rápido, colocada en estanterías con otras ofertas y descuentos.


Esos descuentos —disfrazados de cercanía y voluntad— son una suerte de estrategias de mercado. Y ahí es donde algo sagrado se vuelve sospechoso por vulgarmente mundano. Por eso, hoy más que nunca, creo en mirar hacia dentro, en escuchar con honestidad y anclar la fe en lo íntimo. Acudir al rezo solo para inspirarla, pero sin filtros heredados. Sin campañas. Sin ruido. Como quien bebe agua cuando tiene sed: sin intermediarios.


En cualquier caso recuerda, siempre, que la némesis del amor es el miedo. Y su contrario es la indiferencia, no el odio.


Ar Domínguez

 
 
 

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