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Estoy pensando seriamente en volver a enamorarme.

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 8 nov
  • 4 Min. de lectura

Estoy pensando seriamente en volver a enamorarme. Llevo tiempo dudándolo, pero creo que estoy preparado. Aunque solo sea para volver a sentir eso que uno siente cuando se asoma al borde del precipicio y todavía confía en que volar es una posibilidad razonable.


Siempre he pensado que para enamorarse tienen que coincidir dos cosas que raramente lo hacen: sentir la chispa y tener verdaderas ganas. Y aquí el orden de los factores importa. Solía pensar que primero eran las ganas y luego la chispa, el destello, la vibración que lo cambia todo. Y no: primero hay que sentir esa chispa, que dicen por ahí que no se busca, sino que se encuentra. Ese burbujeo lo encuentras en cualquier cita más o menos indecente, en cualquier conversación con al menos dos dedos de frente y, si no, con la ayuda de una copita espumosa como si la vida acabara de encenderse -otra vez- por primera vez. Para enamorarse entonces, hay que tener las ganas después, porque si han sido antes se diluyen igual que un antojo saciado.


Todo esto, por supuesto, cuando la soledad ya no es esa compañera de piso chunga, que tarda en pagar su parte y nunca avisa de que ha gastado el brick de leche que se descojona desde la nevera cuando te preparas el café de las siete. No. Soledad es ahora una colega con la que te hace ilusión quedar el sábado por la noche para ver una peli en el sofá, con la que planeas un domingo de playa y novela, o una cena de martes con postre -nunca te fíes de quien no come postre-.

Y cuando uno se lleva bien consigo mismo, volver a enamorarse parece una elección. Y te puede dar por sospechar que “ese” amor nuevo vendrá a mover los cojines del sofá, a organizar los domingos y a compartir el postre -nunca te fíes de quien propone compartir el postre-.

Así que, todo esto lo supongo, antes de enamorarse otra vez, hay que negociar contigo y con Soledad, y explicarles que será solo un “más uno”, no una sustituto- y que se pedirá su propio postre-.


Me niego a que suene cínico, porque es incluso mucho más espiritual. Porque llega un momento en que enamorarse se parece más a hacer la lista para los Reyes Magos que a sentir un impulso verdadero como cuando te compras algo que te hace ilusión. Te sientas, lápiz en mano, y piensas: “¿Qué puedo pedir este año?”. Y te cuesta. No porque no quieras nada, sino porque ya lo tienes casi todo. Estás saciado. Y, sin embargo, te ves buscando deseos solo por cumplir con el ritual de desear.


Eso pasa con el enamoramiento: a veces te descubres intentando forzar las ganas de algo que no tienes claro, como quien se obliga a pedir un regalo sabiendo que lo que más ilusión le hace es el ticket para devolverlo. Es un deseo que no nace del vacío sino de la costumbre. Un eco del entusiasmo, una manera de seguir perteneciendo a la especie de los que esperan algo, porque parecen estar más vivos que tú.


Cuando no te sientes especialmente disfuncional, cuando dejas de dolerte, enamorarse se vuelve “un plan” delicado - ¡ojo! no descartado, chicos monos que estais leyéndome- pero sí algo que exige cierto sobrepensamiento. Porque uno ya no busca ser rescatado. Busca una mente que no lo canse. Y esas cosas, por experiencia, cuestan más que encontrar la chispa.


He pensado mucho en eso últimamente: en cómo el deseo cambia de textura como el lienzo cuando intento pintar con óleo y acrílico la misma obra. En cómo ya no nace del hambre sino del gusto. Que enamorarse, como comer, ya no es una urgencia sino un placer refinado. Y que por eso mismo se vuelve peligroso: porque cuando el alma está saciada, cualquier antojo parece un exceso.


Quizá por eso ahora me da respeto la palabra. Porque se siente como un verbo que pertenece a otra época, a otro cuerpo, a otro yo que todavía creía que las emociones podían salvarle. Con lo que me ha costado saber que lo único que salva es estar en paz con no necesitar ser salvado.


Y, sin embargo, hay algo en mí que se resiste a dejar de desearlo del todo. Algo que imagina la posibilidad de sentir ese vértigo. Ahora desde algo más parecido a la plenitud.


Así que sí, estoy pensando en volver a enamorarme. Pero sin lista de Reyes Magos. Sin promesas ni planes. Sin envolver nada en papel con lazos. Y si llega alguien, espero que no traiga chispa, sino alma -y su postre-. Que sepa quedarse callado sin miedo a que el silencio sea incómodo.


Y si no llega no pasa nada. Porque Soledad y yo ya tenemos planes. Este domingo haremos café, pondremos música y abriremos la lista de los Reyes Magos. Solo para mirar las páginas en blanco y decirnos, con una sonrisa tranquila: a veces el mejor regalo es no necesitar nada.

Pero… ¡que coño sabré yo! Si creo que nunca me he enamorado, aún.

Ar Domínguez

 
 
 

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