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La auditoría emocional

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 14 feb
  • 2 Min. de lectura

Hay momentos en la vida en que el mundo parece haberse puesto de acuerdo para recordarte algo que, curiosamente, ya no te interesa demasiado. Puede pasarte con San Valentín, con la Navidad, o con la festividad de la Virgen patrona de tu tierra, y de repente -muy a mi pesar- descubres que a quererse no te enseña las flores ni las cenas a la luz de las velas. Igual que adorar una estatua no te revela el misterio de Dios.

Y ahí es donde empieza lo interesante, se lo prometo a los escépticos y escépticas.


Me han dicho que el amor aparece cuando menos lo esperas. Lo dicen como quien habla de un taxi libre en plena lluvia, como si la clave fuera dejar de mirar la carretera. Pero yo me pregunto si lo que aparece no es el amor, sino un paraguas. Si lo que cambia es la urgencia.


Durante años pensé que el amor era una especie de objetivo final: si alguien te elegía, algo en ti quedaba validado; si se iba, algo en ti fallaba. Vamos, un examen social más, una manera muy sofisticada de delegar la autoestima. Convertimos el corazón en un tribunal y al otro en juez.


Hoy San Valentín me encuentra en otro lugar, donde la soledad dejó de ser una amenaza porque aprendí a habitarla sin ruido. Y el amor dejó de ser un objetivo cuando pasó a ser una estrategia de mercado.

San Valentín podría convertirse en una auditoría emocional:

¿Estoy siendo honesto?

¿Estoy siendo valiente?

¿Estoy amando desde la plenitud o desde la carencia?

¿Queremos distraernos del vacío, anestesiar el miedo? ¿Queremos compañía como quien quiere un abrigo -más- en invierno: por necesidad, o por avaricia?


Me gusta pensar que ahora aparece como coincidencia. Como ese deseo que no tenías al entrar en una tienda con rebajas, y encuentras un chollo que se convierte en tu prenda fetiche.

Hay una serenidad extraña en dejar de perseguir. El amor, cuando deja de ser obsesión, se convierte en posibilidad. Y la posibilidad es muuucho más elegante que la necesidad.


San Valentín, entonces, ya no es una fecha para celebrar lo que tengo o lamentar lo que falta. Es una excusa para comerme varios bombones de más -y comprarme una camiseta muy bonita-, flores para el salón.

Quizá el amor no aparece cuando menos lo esperas.

Quizá aparece cuando ya no lo necesitas, porque la intimidad real es compartir la verdad. Y la primera verdad que uno tiene que aprender a sostener es la propia.

Y ahí está la diferencia entre capricho y madurez.

Entre hambre y elección.

Entre querer ser salvado y querer compartir el camino.

Lo demás, honestamente, ya no me interesa tanto.


Ahora ando enamorado de mi forma de habitar mi silencio. Y eso, para mí, es mucho más romántico.

 
 
 

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