La alegría sin mérito

Estaba yo pensando en que hay una alegría que no se parece a ella misma. Carece del ruido de las celebraciones, de la urgencia del brindis, de esa necesidad de contar lo que nos sucede para acabar de creerlo. Es más lenta, más honda, y tiene la extraña virtud de permanecer cuando todo lo demás se ha ido. Llevo tiempo sintiéndola por Zoilo y por Ana, y vuelve cada día mientras hago la compra, mientras espero que salga el café y cuando apago la luz y me quedo unos segundos escuchando los ruidos de mi silencio. Solemos llamarlo orgullo cuando no tenemos otra palabra a mano, aunque el orgullo exige algún mérito y yo, en todo esto, no he hecho absolutamente nada.
He leído muchos libros que después he olvidado. Pero los libros se quedan en alguna parte, mezclados con las facturas, las mudanzas, los años que uno preferiría no haber vivido. Quien ha leído mucho sabe que los libros no se guardan dentro del cuerpo en orden. Se amontonan. Y un día, ante unas llaves nuevas o un contrato de trabajo, se ordenada una frase que llevaba décadas subrayada. Y recuerdo de repente, que para Aristóteles, el amigo es otro yo. Lo leí de joven, cuando todavía confundía la amistad con el parecido y pensaba que quererse exigía compartir una manera de pensar el mundo.
Ahora sé que podemos querernos desde vidas muy distintas.
Mis amigos y yo no nos parecemos a la manera del ganado que pasta en el mismo prado, sino que compartimos sobremesas, palabras y pensamiento. Y todas esas cosas se mueven a medida que yo me reconstruyo después de varios años naufragando a la deriva y ellos siguen sus caminos más o menos escarpados. Pero Aristóteles no pide parecido. Pide algo más raro: que el bien del otro se vuelva tan elegible para mí como el mío propio. Cada cual ha seguido sus deseos que poco se parecen entre ellos. Hasta que un día llegan sus buenas nuevas. Y me alegro, claro, pero sin reservas.
Nos vemos poco, y seguramente nos veremos menos. Pasaron los días en que necesitaba olerlos, y tocarlos, y estar cerca de ellos para saber que estábamos en esto de la vida juntos. Gastaba las horas compartidas con la despreocupación de quien todavía no sabe qué hacer con ellas. Ahora nos contamos las cosas cuando ya han sucedido, dejamos mensajes sin responder, aplazamos encuentros. A veces, lo confieso, incluso prefiero que no lleguen. Necesito mis silencios, esa soledad que antes me aterrorizaba es mi deseo más nítido. Y, sin embargo, el amor bombea a pleno latido, habiendo perdido algunas de sus exigencias y quizá también algo de su antigua vanidad.
Me encanta imaginar a Ana entrando en su nueva casa, dejando las llaves sobre una mesa que todavía no ha restaurado, mirando sus paredes vacías, pensando en lo que falta por hacer. Y a Zoilo llegando a su flamante despacho, aprendiendo de nuevo nombres, horarios y tareas, acostumbrándose poco a poco a una vida que hasta hace nada era solo una esperanza. Y quiero que tengan días corrientes, que protesten, que se quejen incluso: que lo conseguido termine siendo tan suyo que se les olvide el esfuerzo que les costó alcanzarlo.
Y me conmueve desearles incluso esa costumbre.
Vemos mejor las suertes de nuestros amigos que las nuestras. Tal vez porque de nosotros conocemos las dudas, los motivos inconfesables, las ocasiones perdidas. La distancia siempre es más generosa. Sabemos de su defectos y de sus contradicciones, pero podemos celebrar sus aciertos sin someterlos a examen. Hay una forma de amar en esa mirada que no pide explicaciones.
Lo que me desconcierta es sentir como propia una felicidad en la que no tengo responsabilidad. No conseguí el trabajo de Zoilo ni levanté las paredes de Ana. No firmé nada, no elegí materiales, no cargué una sola caja. Y, sin embargo, cuando pienso en ellos, algo de sus éxitos entra en mi vida y se queda.
Quizá porque durante demasiado tiempo he vivido encerrado en mis propios asuntos, contando pérdidas, revisando decisiones, intentando reparar lo que ya no tenía arreglo. Y ahora, aun sin prosperidad, descubro que puedo ser feliz por algo que sucede fuera de mí y que ni si quiera se parece a mis sueños. Y que mientras friego un vaso o doblo una camisa puedo sentirla, sin que nadie me la deba y sin merecerla.
Ana sale ahora de su propio código postal por las mañanas, Zoilo brilla ahora al norte del mismo mar. Yo seguiré aquí, ocupándome de mis cosas, equivocándome en mis ganas, dejando que el café haga gárgaras al fuego mientras pienso en otra parte.
Y acordándome de ellos.
Y sintiendo esto inflarme desde dentro.
Gracias por la inspiración, amigos queridos.
Ar Domínguez

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