top of page

La coartada de hoy

Foto del escritor: Ar Domínguez
Ar Domínguez
26 sept
4 min de lectura

Estaba yo pensando en que «hay que vivir el presente». Lo leo tanto que empiezo a sospechar que algo estamos intentando olvidar.

Está escrito en tazas, agendas, vídeos de treinta segundos, perfiles que recomiendan respirar, soltar, fluir, no anticipar, dejar ir lo que ya no está y no hipotecar este martes por algo que quizá suceda el viernes; aparece entre una receta de pasta y una rutina para fortalecer los glúteos, pronunciado con esa serenidad indiscutible de las cosas que parecen ciertas porque nadie se ha detenido demasiado a discutirlas. El pasado ya pasó. El futuro no existe. Solo tenemos el ahora. Y uno asiente, claro, porque discutir algo así resulta casi tan absurdo como discutir la gravedad, guarda el teléfono unos segundos, respira profundamente y procura regresar a ese lugar exacto donde, según parece, debería encontrarse la vida.

Pero ¿y si no?

No digo que haya que vivir en el pasado, ni siquiera sé muy bien qué significa vivir en él; digo que quizá este interés desmedido por el presente sea también una forma extraordinariamente sofisticada de esconder lo que pasó, como quien evita mirar una pila de asuntos pendientes porque, mientras no levante el primer papel, todavía puede fingir que aquello es solo desorden y no una deuda.

Porque venimos de algún sitio.

Y eso, que parece una obviedad, empieza a resultar incómodo en una época fascinada por la posibilidad de comenzar de nuevo sin demasiadas explicaciones. Cierra ciclos. Suelta. Aléjate de lo que no suma. Deja atrás tu antigua versión. Protege tu energía. Hay en todo ese vocabulario una higiene casi doméstica, como si uno pudiera pasar una bayeta por encima de determinados años y comprobar después, satisfecho, que ya no queda rastro. Quizá funcione. Quizá haya personas capaces de hacerlo. Yo sigo encontrando huellas incluso después de limpiar.

¿Y si algunas de las cosas que llamamos heridas no necesitan que dejemos de mirarlas, sino precisamente lo contrario?

¿Y si hemos confundido avanzar con cambiar rápidamente de escenario?

Lo pienso porque resulta curioso que nunca hayamos tenido tantas herramientas para estar en el presente y parezcamos tener tantas dificultades para permanecer realmente dentro de él. Comemos mirando una pantalla, vemos una película mientras consultamos otra, caminamos escuchando algo para no escuchar el lugar por el que caminamos; una conversación deja un silencio de cuatro segundos y alguna mano busca inmediatamente un teléfono sobre la mesa. Ni siquiera soportamos demasiado tiempo la canción que nosotros mismos elegimos: pasamos a la siguiente.

Y llamamos presente a eso.

Quizá no estemos viviendo el ahora. Quizá estemos consumiéndolo.

Uno detrás de otro, instantes pequeños, rápidos, sustituibles, suficientemente intensos para mantenernos ocupados y suficientemente breves para no obligarnos a quedarnos a solas con nada. Una notificación, un vídeo, otro vídeo, una compra, un mensaje, alguien que nos gusta, alguien que deja de gustarnos, una indignación que dura hasta que aparece la siguiente. El dedo continúa desplazándose hacia arriba con una obediencia que resulta difícil no mirar como una metáfora demasiado perfecta: fuera, fuera, fuera.

¿De qué?

Tal vez de nada. Esa posibilidad también existe y conviene dejarla encima de la mesa. Puede que simplemente seamos animales aprendiendo a vivir con máquinas diseñadas para reclamar nuestra atención; puede que no haya una gran herida debajo de cada gesto, ni un trauma escondido detrás de cada pantalla, ni sea necesario convertir cualquier costumbre desagradable en una excavación arqueológica de la infancia. También nos hemos vuelto extraordinariamente aficionados a diagnosticarnos.

Pero queda una duda.

Si somos únicamente presente, ¿qué hacemos con todo aquello que nos enseñó a reaccionar antes incluso de saber que estábamos reaccionando?

¿Qué hacemos con la forma en que alguien retira la mano cuando otra persona se acerca demasiado, con quien pide perdón antes de haber hecho nada, con quien necesita que lo quieran constantemente y, en cuanto lo quieren, empieza a alejarse, con quien trabaja hasta agotarse y llama ambición a no saber detenerse? ¿También eso se resuelve respirando cinco minutos y observando cómo entra el aire por la nariz?

Hay cuerpos que recuerdan cosas que la cabeza decidió archivar hace años.

Se nota en detalles pequeños. Una mandíbula que se aprieta. Una puerta que se comprueba dos veces. Un mensaje escrito, borrado, vuelto a escribir. El teléfono boca abajo sobre la mesa y la mano que, al cabo de veinte segundos, lo gira otra vez.

No hace falta explicar mucho más.

Quizá mirar hacia atrás no sea quedarse atrás. Quizá revisar el pasado sea, algunas veces, pagar una factura; y quizá otras sea exactamente lo contrario: una manera elegantísima de entretenerse ordenando recibos antiguos para no atender el día de hoy. Ahí está el problema: no parece existir un lugar del tiempo donde no podamos escondernos.

Podemos huir hacia atrás.

Podemos huir hacia delante.

Y quizá hayamos descubierto también cómo huir quedándonos exactamente donde estamos.

Por eso empiezo a desconfiar un poco cuando alguien me dice que lo importante es vivir el presente. No porque sea falso, sino porque las verdades más útiles para escondernos suelen ser precisamente aquellas que contienen suficiente verdad como para que nadie se atreva a interrogarlas.

¿Y si estar aquí exige saber de dónde venimos?

¿Y si no somos tan libres del pasado como nos gusta pensar, sino su versión actualizada, mejor vestida, conectada a wifi, perfectamente capaz de explicar qué es el mindfulness y todavía incapaz de entender por qué necesita mirar el teléfono cada vez que una habitación se queda en silencio?

La pantalla se enciende.

No ha llegado ningún mensaje.

La miramos igualmente.


Ar Domínguez

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Rápido y mal

Estaba yo pensando en dos palabras que, juntas, explican mejor que cualquier tratado cómo hemos conseguido llegar vivos hasta aquí: rápido y mal. No son un insulto ni una confesión. Son un método, el

 
 
 
La alegría sin mérito

Estaba yo pensando en que hay una alegría que no se parece a ella misma. Carece del ruido de las celebraciones, de la urgencia del brindis, de esa necesidad de contar lo que nos sucede para acabar de

 
 
 
Las oportunidades que nos quedan

Estaba yo pensando si tendremos un número finito de palabras, si todos venimos a vivir para gastarlas y nadie nos dice cuántas nos tocaron en la rifa antes de nacer, si habrá quien llegue al mundo con

 
 
 

Comentarios


bottom of page