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Rápido y mal

Foto del escritor: Ar Domínguez
Ar Domínguez
hace 4 días
4 min de lectura

Estaba yo pensando en dos palabras que, juntas, explican mejor que cualquier tratado cómo hemos conseguido llegar vivos hasta aquí: rápido y mal. No son un insulto ni una confesión. Son un método, el que nos enseñaron sin enseñárnoslo, como se aprende a bajar una escalera a oscuras en la casa de siempre.

Rápido y mal contestamos los mensajes mientras buscamos las llaves, que nunca están donde las dejamos porque no las dejamos en ningún sitio: las soltamos. Comemos con el teléfono boca arriba junto al plato, por si acaso. Escuchamos a alguien con media cabeza en otra parte y firmamos papeles sin leerlos con la soltura de quien firma autógrafos. Y así van cayendo los cumpleaños, uno detrás de otro como las hojas de un calendario de taller, con la promesa de que algún día llegará una temporada mansa en la que haremos menos cosas y las haremos bien. O mejor, al menos.

No llega. Nadie te la trae.

Lo asombroso es que el procedimiento funciona. En cualquier oficio, «rápido y mal» sería el principio de una demanda; en la vida es lo que mantiene las casas en pie, pone la comida en la mesa a las dos y media y apaga los contratiempos antes de que prendan del todo. Todo podría hacerse mejor. Un correo admite siempre otra vuelta. Un armario guarda siempre un rincón que nadie ha tocado desde la mudanza, con su olor a naftalina y a otra época. La perfección tiene eso: cuanto más le das de comer, más hambre tiene.

Y luego están los apaños. La tubería atada con cinta americana que lleva siete años aguantando la presión mejor que algunos matrimonios. La decisión que tomaste de puro cansancio y que resultó la más sensata de tu vida. El acuerdo cerrado sin ganas que acabó en amistad, como esos esquejes que uno mete en un vaso de agua sin fe y un día echan raíz. La vida no está hecha de obras terminadas sino de remiendos que aguantan.

Pero hay cosas que no se pueden hacer así. Una conversación que se aplaza. Una disculpa despachada en la puerta, con el abrigo puesto. Una visita para la que nunca encontramos la tarde. La pregunta de alguien que necesitaba que lo escucharan y a quien contestamos mirando la pantalla. Lo malo es que esas cosas no avisan. Las tardes importantes llegan vestidas de tardes cualquiera, con su luz de cocina, sus recados y su cansancio, y se van sin hacer ruido, como se va la marea. La conciencia sí avisa, claro, pero la conciencia es esa vecina que llama al timbre a la hora de la siesta, y uno aprende pronto a no abrir.

Hemos conseguido, además, que la prisa dé prestigio. Decimos que no paramos, que vamos desbordados, que llevamos unas semanas imposibles, y lo decimos con la boca torcida de quien se queja de que le ha tocado la lotería. Estar ocupado es una forma discreta de decir que hacemos falta. Mientras tanto, los aparatos que venían a ahorrarnos tiempo nos han llenado de cosas nuevas el tiempo ahorrado, y hasta el descanso hay que planificarlo, cumplirlo y, si puede ser, contarlo.

Ahora bien: desconfío de los que recomiendan vivir despacio como quien recomienda un restaurante. Hay gente que encadena dos trabajos, que cuida de un padre, que llega a casa reventada y hace la cuenta antes de entrar en el súper. Para ellos «rápido y mal» no es una filosofía. Es el martes.

Hace un tiempo encontré en un cajón una libreta con una lista de tareas de hace años. La letra era mía, pero de un yo con más prisa y menos canas. Una compra, el grifo del baño, dos llamadas y el nombre de una persona a la que tenía que ir a ver. Todo estaba tachado con una raya furiosa, de esas que se hacen apretando el bolígrafo, y cada raya era una pequeña victoria contra aquellos días.

Todo menos el nombre.

Aplacé aquella visita varias veces, siempre por motivos que entonces me parecieron razonables. Luego las cosas cambiaron de una manera que ya no tenía arreglo. No recuerdo qué compré ni a quién llamé; del grifo no sé nada. El nombre, en cambio, sigue ahí, en tinta azul, sin una sola raya encima, intacto como una puerta que nadie ha llegado a abrir. Devolví la libreta al cajón. No lo he tachado.

Seguiré haciendo demasiadas cosas deprisa, improvisando y dando por buenas soluciones que no lo son. Pero cada vez me cuesta más darle a todo la misma urgencia, como si la compra, una llamada al banco y alguien que te está esperando se midieran con el mismo reloj.

Mañana volverán los recados, que siempre llegan más puntuales que nosotros. Habrá que resolverlos como se pueda: algunos bien, otros regular y muchos, qué remedio, rápido y mal.

Lo difícil será acordarme, la próxima vez que mire la hora, de que a lo mejor tengo delante a alguien que se merece unos minutos más.

Y quedarme.


Ar Domínguez

 
 
 

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