Las oportunidades que nos quedan

Estaba yo pensando si tendremos un número finito de palabras, si todos venimos a vivir para gastarlas y nadie nos dice cuántas nos tocaron en la rifa antes de nacer, si habrá quien llegue al mundo con una cantidad suficiente para hablar solo, hablar por hablar, repetir una historia tres veces en la misma sobremesa y llamar después por teléfono para contarla una cuarta, y quien, en cambio, reciba apenas las necesarias y aprenda pronto, sin saber que está aprendiendo, a administrarlas.
No sé por qué estoy pensando en esto. Quizá porque últimamente me fijo mucho en la gente que habla. En mí mismo. En esa prodigalidad con la que utilizamos las palabras cuando todavía creemos que nos sobran: te quiero, mañana, nunca, siempre, ya veremos. Las soltamos con una tranquilidad que sería obscena si supiéramos que se descuentan de alguna parte. Decimos «luego te llamo» y no llamamos. Decimos «tenemos que vernos» mientras recogemos el bolso y ya estamos mirando hacia la puerta. Decimos «no pasa nada» cuando sí pasa, precisamente porque ha pasado algo, y quizá las palabras no se gasten por pronunciarlas sino de una manera más perversa: cada vez que las usamos sin querer decirlas.
De ser así, «te quiero» debe de ser una de las palabras más caras del idioma.
Aunque puede que las palabras sean infinitas. Sería incluso decepcionante. Que podamos hablar hasta el último minuto sin miedo a quedarnos sin ninguna, que un hombre agonizando conserve exactamente las mismas palabras disponibles que tenía a los veinte años y lo único que haya cambiado sea la dificultad para elegirlas. He visto a personas guardar silencio durante una conversación entera y decir, al levantarse, una frase que deja a todos los demás mirando la mesa. Quizá no les quedaban pocas. Quizá simplemente habían comprendido el precio.
Con las oportunidades, en cambio, me cuesta más creer en el infinito.
Supongo que casi todos nos hemos preguntado alguna vez cuántas tenemos. No las grandes oportunidades que aparecen en las biografías —el trabajo que aceptaste, la ciudad a la que no te mudaste—, sino las pequeñas, que son mucho más difíciles de reconocer porque llegan vestidas de día corriente. Contestar una llamada. Quedarse cinco minutos más. Decir que no. Decir que sí. Preguntar algo antes de cerrar una puerta. Cruzar una calle detrás de alguien.
No hacemos nada.
Y seguimos caminando.
Lo inquietante no es pensar que las oportunidades se terminan; lo verdaderamente incómodo es que probablemente no hacen ningún ruido al hacerlo. Nadie entrega un recibo. No se enciende una luz roja. No aparece una mujer detrás de un mostrador para decirnos que acabamos de utilizar la última posibilidad de reconciliarnos con alguien, de cambiar de trabajo, de enamorarnos o de decirle a nuestro padre aquello que llevamos diez años aplazando porque siempre parece existir un domingo siguiente.
Uno cuelga el teléfono, deja las llaves en el cuenco de la entrada y pone una lavadora.
Eso es todo.
La vida tiene una habilidad bastante cruel para ocultar lo definitivo dentro de lo cotidiano. La última vez que haces algo casi nunca parece la última mientras está sucediendo. Hay una última vez que tu madre te aprieta en brazos, pero ninguno de los dos lo sabe; un último café con alguien a quien todavía consideras amigo; una última noche en una casa que durante años llamaste hogar; una última conversación en la que todavía era posible arreglar aquello que después contarás como inevitable. Y seguramente durante alguna de esas últimas veces miraste el teléfono, pensaste en comprar detergente o preguntaste qué había para cenar.
Tal vez por eso nos tranquiliza tanto hablar de segundas oportunidades. Segunda oportunidad suena a almacén. A reposición. A que, si estropeamos una, alguien sacará otra de la trastienda. Y a veces ocurre. Volvemos, pedimos perdón, empezamos de nuevo, encontramos otro trabajo, otra casa, otro cuerpo al otro lado de la cama. Pero que exista una segunda oportunidad no demuestra que existan infinitas. Solo demuestra que había dos.
Puede que incluso hayamos gastado ya algunas sin enterarnos.
Esta posibilidad me interesa más que el arrepentimiento, porque el arrepentimiento al menos conoce aquello que perdió. Mucho más extraño sería continuar viviendo después de nuestra última oportunidad para algo sin saber que fue la última: insistir, esperar, aplazar; conservar un número de teléfono que ya no conduce a ninguna conversación posible. Seguir poniendo un plato más en una mesa donde hace tiempo que nadie va a sentarse.
Y, sin embargo, vivimos necesariamente así. No podríamos soportar conocer el contador. Imagino despertarme sabiendo que me quedan ciento treinta y siete conversaciones con mi madre, cuatro oportunidades profesionales importantes, dos personas capaces de cambiarme la vida y diecinueve veces más para decir «perdóname» y que todavía sirva de algo. Convertiríamos cada gesto en una operación contable. No viviríamos: haríamos inventario.
Quizá la ignorancia sea parte del mecanismo.
Esta mañana he borrado un mensaje tres veces antes de enviarlo. No decía nada extraordinario. Ni siquiera recuerdo exactamente cómo empezaba. Cambié una palabra, quité otra, volví a ponerla; después dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y fui a preparar el café.
Mientras esperaba, pensé que tal vez las palabras y las oportunidades sean en realidad la misma cosa.
La cafetera empezó a hacer gárgaras.
Cogí el teléfono antes de que se derramara.
Y envié el mensaje.
Ar Domínguez

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