Nunca más siempre
- Ar Domínguez
- 22 nov
- 2 Min. de lectura
“Ese” momento en el que descubres que todo aquello que conocías como “hogar” no era es un lugar, sino una costumbre. Una forma de repetir el mundo para sentir que está bajo control. Lo que te salvaba era, en realidad, lo que te mantenía quieto. Y entonces llega el temblor, esa grieta microscópica por la que se cuela la verdad: que crecer no es sumar, sino soltar.
Desaprender los apegos es uno de los trabajos más arduos que existen. No se parece a una revolución, sino a un duelo silencioso, como esas relaciones que se terminan sin la muerte, sin un rito social que acompañe el sentimiento de viudez. Es la renuncia a un “siempre” que las películas de mi infancia me enseñaron. Las rutinas que te daban identidad, las personas que te sostenían sin saberlo, los hábitos que repetías… Porque esos apegos a los que te agarras con uñas y dientes no solo tienen nombre de persona, también son eso: rutinas. Y un día empiezas a mirarlos con la extraña mezcla de agradecimiento y despedida con la que uno observa las fotos de una vida que ya no existe.
Porque los apegos tienen algo de ilusión óptica. Te prometen continuidad, te convencen de que mañana será igual que ayer si te aprendes bien la coreografía. Pero no: la vida avanza incluso cuando tú te empeñas en marcar el mismo paso. Y llega un punto en el que sostener lo que ya fue se vuelve más doloroso que perderlo.
Ahí descubres la crudeza y la libertad de elegir un “nunca más siempre”.
No renunciar al amor, ni a la compañía, sino comprender que nada te pertenece: ni las horas, ni los cuerpos, ni los rituales que te ayudaron a sobrevivir en otro tiempo. Que puedes seguir queriendo, pero ya no desde el miedo a perder; puedes seguir caminando, pero sin arrastrar el peso de lo que te sostuvo cuando no sabías sostenerte a ti mismo.
Y en ese vértigo, aparece algo que no sabías que estabas buscando. Una especie de espacio interior donde respiras CON nadie.
Dejar ir no es un acto de valentía porque no te pertenece, no sueltas solo ni por decisión propia. Aceptar que no puedes permanecer idéntico a ti mismo solo para que nada cambie alrededor. Aceptar que esas personas, esas rutinas, forman parte del camino, no del destino. Que hay rutinas que fueron refugio y ahora son recuerdo.
Y entonces TODO eso no es identidad: es un lugar del que también se sale.
Quizá ese sea el secreto: comprender que la vida no se sostiene en los “siempre”, sino en la capacidad de transformarlos, y de paso la habilidad para adaptarnos.
Nunca más siempre, para siempre.
Ar Domínguez
