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La “nueva" vanguardia

Foto del escritor: Ar Domínguez
Ar Domínguez
hace 8 horas
4 min de lectura

Estaba yo pensando en que el futuro empieza a tener un aspecto insoportablemente antiguo.

Y a mí, que siempre he tenido una tendencia irremediable a la melancoía y gusto por el pretérito —aunque tampoco querría vivir sin anestesia ni volver a lavar las sábanas a mano—, todo esto me incomoda ya de más como un poco de picón en el zapato: algo molesto y, quizá, temible.

Solía pensar que se trataba simplemente de eso: de que las modas tienen la costumbre poco moderna de repetirse, y ya está. Luego comprendí que esta nostalgia no es un pantalón de pata ancha que regresa sin que nadie se pregunte si le favorece a sus piernas; es una palabra bastante más peligrosa, porque nos permite echar de menos cosas que jamás llegamos a sufrir.

Pero quizá ni siquiera sea nostalgia. Quizá estamos, simplemente, cansados de estrenar.

No sé en qué momento la vanguardia dejó de ser una promesa de emancipación para convertirse en una obligación de mercado, pero ocurrió, y nos acostumbramos - chungo-. Hay que actualizar el teléfono, y el ordenador, y las aplicaciones, y el vocabulario, y las contraseñas, y a uno mismo: sobre todo a uno mismo, como si ser humano fuera un sistema operativo que se queda obsoleto cada seis meses. Llevamos décadas «poniéndonos al día» con nuevas tecnologías, y nuevas tendencias, y nuevas sensibilidades, y nuevas maneras de pensar, de comprar, de querernos, de educar, de relacionarnos con el cuerpo, con la familia y con la identidad. Aprendemos dónde está una certeza y la siguiente actualización vuelve a cambiarla de sitio; y volvemos a obedecer sin leer las cookies.

Avanzar cansa, y no sé si hemos hablado lo suficiente de eso, o de cómo reconocer el cansancio suele confundirse inmediatamente con estar en contra del camino; como si aceptar que algo cuesta significara, necesariamente, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no. Pero cuesta.

Lo nuevo agota cuando deja de ser una ruptura con lo establecido para convertirse en el estado natural de la exigencia: no se puede vivir permanentemente llegando a un sitio distinto. O sí se puede, claro —aquí estamos—, pero otra cosa es que de vez en cuando nos entren ganas de sentarnos.

Y ahí aparece el pasado con una silla: una comodísima, retapizada y perfectamente mullida para nuestros culos contemporáneos que pasan más tiempo sentados que de pie.

El pasado tiene una ventaja política extraordinaria sobre el futuro: no hay nada que construir, porque nos convencen de que ya estuvimos allí. Digo nos convencen porque aquí empieza la trampa: la memoria es una narradora estupenda, pero una documentalista bastante dudosa. Recordamos la casa de los abuelos, pero no sus silencios ni sus renuncias; recordamos jugar en la calle, pero no aquellas tardes de plomo en las que habríamos dado cualquier cosa por una vía de escape. Recordamos, a menudo, no lo que sentimos, sino el relato edulcorado que nos han vendido sobre lo que deberíamos haber sentido.

Yo mismo siento una ternura absurda cuando veo una máquina de escribir: el golpe seco de las teclas, el tacto del papel, el carro llegando con un timbre al margen. Me parece precioso. Luego recuerdo el Tipp-Ex, equivocarme en la última línea, repetir una página entera, y comprendo que no echo de menos la máquina de escribir. Echo de menos a quien soñaba ser mientras escribía en ella.

La nostalgia tiene esa habilidad: cambia las cartas como un tramposo profesional y nos hace creer que echamos de menos lo que en su día echábamos de más. No romantizamos el tiempo, sino su aspecto; y la cultura del consumo lleva décadas ayudándonos a ponerle el lazo: una película, y una canción, y una fotografía con el grano justo, y un coche aparcado frente a una casa de pueblo... Y, de repente, una época entera de opresión y estrechez queda maravillosamente iluminada. Una mentira bien encuadernada para no tener que enfrentarnos a la verdad de nuevo o al presente.

Y ahí empieza a darme mucho miedo la nostalgia: cuando deja de vendernos un tocadiscos, una camiseta, y pasa a vendernos algo bastante más Inquietante.

Porque una vez fabricada esa foto amable del pasado, basta con colocarla al lado del presente y lanzar una pregunta inocente: ¿no estábamos mejor antes, cuando las cosas estaban claras?

La pregunta es un monstruo que acecha como todo lo que compara de forma tramposa. El presente huele a sangre viva y fresca —con las facturas, y los atascos, y las pantallas, y la precarización, y la ansiedad, y las contradicciones, y los precios, y todo el ruido de fondo—. El presente juega con una desventaja obscena: huele. El pasado, en cambio, viene siempre perfumado y peinado.

El mecanismo es perfecto: nos convencen de que hubo un tiempo en que el mundo estaba en su sitio, y de que ahora todo se ha desmoronado por el exceso de diversidad o de libertad.No hace falta inventar un pasado falso —eso sería demasiado burdo—; es mucho más eficaz elegir un trocito, iluminarlo bien y dejar el resto a oscuras.

Sería mucho más tranquilizador pensar que alguien nos está estafando con todo esto mientras nosotros contemplamos la escena como víctimas inocentes. Pero colaboramos, porque la intemperie del presente da miedo y necesitamos creer. Creer que podemos volver a un lugar seguro, o que hubo un momento en que la vida no era este examen continuo.

La razón siempre tendrá un gran problema frente al mito: el futuro no se puede empaquetar porque todavía no existe. Hay que imaginarlo, y negociarlo, y construirlo, y equivocarse, y asumir que muchas certezas de ayer no eran más que prejuicios a los que nos da pereza pasarles el plumero. El pasado no exige nada de ese trabajo político. Solo necesita un buen marco de plata.

Y últimamente tengo la sensación de que estamos gastando todo nuestro talento en restaurar las fotos de la casa antes de que se nos caiga el techo encima.


Ar Domínguez

 
 
 

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