Los días sin nombre

Estaba yo pensando que hay una temporada de la vida de algunos de nosotros, creo que no a todos nos ocurre, en la que uno deja de pertenecer a los sitios antes de haber encontrado otros.
No sucede nada extraordinario. Nadie viene a buscarte de madrugada, no recibes una carta, no hay una llamada después de la que puedas decir que todo empezó allí. Un jueves cualquiera descubres que llevas veinte minutos sentado delante de una taza de café en un lugar al que has ido durante años y que, por alguna razón que no sabrías explicar sin parecer idiota, ya no estás allí.
Tu cuerpo sí.
Tú no.
Al principio no le das importancia. Uno lleva toda la vida perdiendo cosas sin darse cuenta: paraguas, amigos, teléfonos, días, ganas. Piensas que será cansancio. Una mala semana. Septiembre. La edad. Cualquier palabra sirve cuando todavía no quieres utilizar la verdadera.
Después empiezan a caer otras cosas.
Una conversación que antes te habría interesado y ahora es como escuchar el murmullo ininteligible de los vecinos detrás de una pared. Una persona a la que quieres pero con la que ya no sabes qué hacer después de quererla. Un trabajo que durante años fue la respuesta a la pregunta de quién eres y que de pronto solo responde a la pregunta de dónde estás de ocho a seis. Una canción. Una cena. Un plan para el sábado.
Nada está exactamente mal.
Ese es el problema.
Si algo estuviera roto podrías arreglarlo.
Pero no hay nada roto.
Simplemente ya no eres capaz de vivir allí.
Entonces haces lo que hacemos todos cuando el presente empieza a parecernos incómodo: regresar. Comer a donde recuerdas que fuiste feliz.
Yo he regresado mucho muchas veces últimamente.
He vuelto a personas, costumbres, lugares y versiones de mí mismo que ya sabía terminadas con la esperanza infantil de que me reconocieran antes que yo. He dicho que sí a cosas que no quería. He recuperado conversaciones que había dejado morir. He intentado, con uñas y dientes, entusiasmarme de nuevo con aquello que durante años me hizo feliz, como quien se prueba una chaqueta antigua y contiene la respiración para conseguir abrocharla.
Y a veces abrocha. Ese es el peligro.
Puedes salir a la calle con ella.
Puedes incluso mirarte en un espejo y pensar que no te queda tan mal.
Lo difícil es respirar.
Supongo que por eso tardamos tanto en abandonar algunas vidas. No porque sean buenas, sino porque conocemos perfectamente dónde están los interruptores.
En una vida nueva uno entra a oscuras.
Y yo sigo buscando la pared a tientas.
Hay noches en las que pienso que me he equivocado en algún punto y trato de localizarlo con la memoria de los muebles que la decoraban. Quizá fue aquella decisión. Quizá aquella persona. Quizá tendría que haber aceptado aquello, rechazado lo otro, marcharme antes, quedarme más tiempo. La memoria tiene esa crueldad: cuando uno está perdido convierte el pasado en un mapa, aunque mientras lo vivíamos tampoco supiéramos adónde coño íbamos.
Lo verdaderamente extraño es que desde fuera nadie nota demasiado.
Te preguntan «qué ta»l y dices bien.
Y es verdad.
Ese es otro problema.
No estás hundido. Ya no hay una tragedia que puedas sacar a pasear. Te levantas, trabajas, compras pan, respondes mensajes, haces bromas, recuerdas cumpleaños. Puedes llevar una vida perfectamente normal mientras dentro de ti se está desalojando una casa.
Primero desaparecen los cuadros.
Después los muebles.
Al final solo queda esa marca más clara en la pared que demuestra que durante muchos años hubo algo allí.
Creo que confundimos esa habitación vacía con estar perdidos.
Nos han enseñado que después de abandonar una cosa tiene que aparecer inmediatamente otra. Dejas un trabajo y debes tener un proyecto. Termina un amor y tienes que encontrarlo “cuando menos te lo esperas”. Cambias y debes saber en qué te estás convirtiendo. Hasta las crisis necesitan últimamente un plan de evacuación primero, y uno de negocio a la vez.
Pero hay transformaciones que tienen una parte indecente porque no producen nada.
Durante un tiempo solo quitan.
Te dejan sin algunas certezas, sin determinadas personas, sin deseos que creías tuyos y, lo peor, sin una respuesta convincente cuando alguien pregunta qué quieres hacer ahora.
No lo sé.
Hay que tener bastante valor para decir «no lo sé» a cierta edad.
A los veinte suena a libertad.
Después parece fracaso.
Por eso corremos a llenarlo. Nos inventamos objetivos. Recuperamos amores. Hacemos listas. Nos apuntamos a cosas. Diseñamos desesperadamente una versión nueva de nosotros mismos antes incluso de haber enterrado correctamente la anterior.
Cualquier cosa antes que permanecer quietos en ese territorio donde no podemos presentarnos diciendo quiénes éramos ni quiénes vamos a ser.
Yo llevo demasiado tiempo allí.
Al principio esperaba que apareciera algo. Una vocación, una certeza, una persona, una frase magnífica capaz de ordenar las habitaciones. Imaginaba que un día despertaría y todas las piezas habrían encontrado su sitio durante la noche, como si dentro de mí trabajara una cuadrilla de operarios silenciosos.
No ocurrió.
Pasaron los meses.
Y seguí sin saber.
Hasta que una mañana reciente me dio por pensar algo que me aterrorizó.
¿Y si no tengo que salir todavía?
¿Y si toda esta prisa por encontrarme no es más que otra manera de huir?
Tal vez no estoy esperando descubrir quién voy a ser.
Tal vez estoy aprendiendo a soportar que ya no soy quien era.
Hay una diferencia enorme.
Porque quizá algunas vidas no comienzan cuando encontramos el camino.
Quizá comienzan exactamente aquí, en este sitio desagradable y silencioso donde por primera vez no tenemos ninguna respuesta preparada.
He pasado años preguntándome quién quiero ser.
Ahora sospecho que la pregunta era otra.
Una mucho más pequeña y, por eso mismo, mucho más peligrosa:
si nadie estuviera mirando, si no tuviera que demostrar que todo este tiempo ha servido para algo, si no necesitara que mi vida pareciese una historia bien contada, ¿qué quedaría de mí?
Todavía no sé la respuesta.
Pero por primera vez empiezo a pensar que no saberla quizá sea precisamente el principio.
Ar Domínguez

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