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Primero el huevo o la gallina

  • Foto del escritor: Ar Domínguez
    Ar Domínguez
  • 27 oct
  • 2 Min. de lectura

En directo, pero por primera vez. En el mismo escenario que tantas veces fue pasarela, pero esta vez sin focos apuntando al producto, sino a mí.


Y fue raro. Raro y hermoso.


Porque mientras algunos curiosos se detenían, y otros me preguntaban si también pintaba, yo pensaba en lo injusta que puede ser la palabra también. Como si pintar fuera una afición, un adorno paralelo al oficio. Pero no. Pintar fue lo primero. Antes del lazo, antes de la bailarina, antes de la marca. Desde que tengo uso de razón, lo único que me ha hecho perderla ha sido un pincel.


Lo curioso es que me encontré pintando —absorto, feliz, sin estrategia— en el mismo mundo del que quise despedirme cuando sentí que había tocado techo - o fondo- Fue como regresar a la casa de la que uno se va sabiendo que ya no le pertenece del todo. Y sin embargo, allí estaba: en mi sitio, pero sin personaje.


Creo que mi oficio es la moda, sí. Es lo que he aprendido a hacer, lo que me ha dado de comer, incluso lo que me ha enseñado a narrar con tela. Pero mi pulso… mi pulso está en el pincel, en la pintura.


Pintar en ese contexto fue un acto de reconciliación muda. Una especie de ajuste de cuentas entre el creador y el escaparate. Entre el niño que dibujaba sin pensar en el aplauso y el adulto que aprendió a vivirlo como parte. No sé si fue arte o diseño lo que vino primero, pero sí sé que por fin los dos dejaron de pelearse.


Y ese instante —mientras el ruido del evento se desdibujaba y solo quedábamos el lienzo y yo— fue, sin duda, el momento más honesto que he vivido en veinte años de moda.


Ar Domínguez

 
 
 

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