Voluntad libre o libertad gobernada
- Ar Domínguez

- 16 oct
- 4 Min. de lectura
Tengo miedo, y ya se que no es ninguna novedad. Es mi compañero de vida desde que recuerdo saber lo que es, incluso antes de entenderlo. Y es a todo: a los cambios principalmente -sean para mejor también-, a comer, a salir o a no salir. A confesar, a quedarme callado.
El miedo puede ser un mejor amigo bastante tocahuevos, pero también es una gran herramienta para evitar el dolor, el sufrimiento. Incluso la felicidad, que no siempre es agradable.
Llevo tiempo teniendo un miedo “nuevo”, y lo entrecomillo porque quizá no es de estreno. Últimamente me da miedo aburrirme de todo y de cualquier cosa. Eso de trabajar en superar los apegos también tiene su zona peligrosa, como todo -me encanta jugar con las redundancias cuando me creo “escritor”-.
Decía, escribía, que últimamente el miedo me susurra al oído con su aliento calentito cuando comienzo cualquier cosa: me cuesta leerme los libros hasta el final. No soporto escuchar la radio. El primer capítulo de una serie me resulta demasiado largo. Me duermo con una peli. Me aburro en seguida de cualquier plan, antes siguiera de llegar.
Se que se trata de algo más grande que yo, como absolutamente todo lo demás, pero cuando uno escribe, pinta o cuenta su historia reivindica intrínsecamente su “grandeza”.
He oído que es el mal de esta generación, pero yo no soy de esta generación, así que prefiero la formula que he leído cambiando la generación por “estos tiempos”. Estos tiempos en los que la distracción se ha convertido en nuestra motivación, directamente la energía con la que vivimos. Pero como es habitual, mal de muchos consuelo de tontos. Yo tonto lo justo, la verdad. Así que al menos me lo planteo de verdad, y eso significa obligarme a acabar un libro, poner la peli hasta el final aunque no me entere de nada, comenzar ensayos y cuadros que no tienen pinta de ser firmados.
Obligarme es algo curioso, porque lo tenemos bien valorado. Obligarte es disciplina, orden y concierto. Y aunque a mi todo esto me suena fatal desde que estoy en tratamiento de mis historias con la rigidez, estas son las diez primeras acepciones que le da la RAE:
f. Aquello que alguien está obligado a hacer.
Sinónimos: deber, responsabilidad, compromiso, cometido, imperativo, cargo, quehacer, imposición.
f. Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre.
f. Vínculo que sujeta a hacer o abstenerse de hacer algo, establecido por precepto de ley, por voluntario otorgamiento o por derivación recta de ciertos actos.
f. Correspondencia que alguien debe tener y manifestar al beneficio que ha recibido de otra persona.
f. Documento notarial o privado en que se reconoce una deuda o se promete su pago u otra prestación o entrega.
f. Título, comúnmente amortizable, al portador y con interés fijo, que representa una suma prestada o exigible por otro concepto a la persona o entidad que lo emitió.
f. Casa donde el obligado vendía el género que estaba de su cargo.
f. Carga, miramiento, reserva o incumbencia inherentes al estado, a la dignidad o a la condición de una persona.
f. Nic. trabajo (‖ ocupación retribuida).
Sinonimos: trabajo, brete1, camello, hueso, laburo, machete, pega1, pegue, currelo.
f. pl. Familia que cada uno tiene que mantener, y particularmente la de los hijos y parientes. Estar cargado de obligaciones.
De todas estas me llama la atención, a saber el sinónimo “imposición” que también da comienzo a la número 2: Imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre. Coño! es decir una exigencia que debe regir la “voluntad libre”… pues manda huevos, ¿no?. Estaré sobrepensando pero para mi esto es directamente un oxímoron, o quizá soy yo el único que observa la tensión semántica en esta definición. Admite al menos que algo chirría en ella.
¿Cómo puede algo impuesto —aunque sea moral— gobernar algo que, por definición, es libre? ¿No es acaso la libertad una danza sin coreografía?
Porque imponer es mandar, y la moral —tan altiva a veces, tan revestida de razón universal— suele venir con pretensiones de superioridad. En cambio, la voluntad libre sugiere otra cosa: margen, intuición. Entonces… ¿puede una voluntad ser libre si actúa bajo una imposición? sí, claro que suena contradictorio. Una exigencia que manda y una voluntad que quiere elegir no parecen formar buena pareja. Ahí está el oxímoron: una libertad gobernada suena a contradicción envuelta en papel de fumar.
Para Kant, la única libertad verdadera es la que se somete a la ley moral nacida de uno mismo. No hablamos entonces de una orden externa, sino de una brújula interna. No es obedecer, sino reconocer. No es sumisión, sino coherencia.
¿Sigue siendo un oxímoron? Quizá lo hermoso esté justo ahí: en la tensión entre lo que me mueve y lo que me obliga; entre el impulso del deseo y el peso del deber.
Al final, puede que la voluntad libre necesite de una pequeña exigencia moral como el bailarín necesita de una barra: no para limitarse, sino para encontrar equilibrio, experiencia propia.
Y yo, que cada vez más desconfío tanto de las verdades absolutas, me quedo con esa imagen. Con esa duda que no se resuelve nada.
Ar Domínguez

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