Responsabilidad limitada
- Ar Domínguez

- 27 jul
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 11 ago
Recientemente, me obsesioné con el concepto de “responsabilidad afectiva”. A veces, leo o escucho algo que resuena profundamente en mí, como si fuera la pieza que faltaba para resolver un misterio. Siempre me han fascinado los misterios, desde que mi padre me leía las novelas de Agatha Christie para dormirme.
¿Y qué hago entonces? Busco más información, escucho más y me abro a todo lo que pueda encajar con esa revelación inicial. Es una tristeza que mi afición al drama ha romantizado, pero también una tristeza que puede ser increíblemente inspiradora.
La responsabilidad afectiva apareció como una especie de orden moral que me dio esperanza. Finalmente, algo que estructura el caos, establece límites claros y me asegura que no todo es culpa mía. Si me duele, no es necesariamente porque sea demasiado intenso, sino porque hay quienes no se hacen cargo del daño que causan.
Pero, ¿hasta dónde llega mi responsabilidad emocional hacia los demás? ¿Dónde termina el cuidado y empieza el sacrificio? ¿Dónde empieza la esclavitud?
Ahí es donde entra en juego la idea de la responsabilidad limitada.
Creo en la responsabilidad afectiva, pero no creo en la autoexplotación emocional ni en el castigo perpetuo. No creo que todos los vínculos deban sobrevivir a costa de que una de las partes se silencie o se desangre para que la otra no se enfrente a sus propios límites.
Estoy dejando de creer en los mártires. Ser responsable afectivamente no significa asumir todas las culpas, sino actuar desde la conciencia sin dejar que eso se vuelva condena.
La responsabilidad, como el amor, debería tener límites. No para limitar su potencia, sino para proteger su verdad.
Y esa verdad, cuando se cuida, no duele tanto. O al menos, duele de forma honesta.
Ar Domínguez

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